Por los 29 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, se ha hecho un documental. Se estrenará mañana viernes. Lo veré con el mayor interés. Se titula Miguel Ángel Blanco, las 48 horas que lo cambiaron todo. Un título desafortunado, porque el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco no cambió nada. ETA siguió matando y la sociedad etarra (léase vasca) continuó su proceso de envilecimiento de manera inexorable,
hasta hoy, en que vota en grandes números a Bildu, el brazo político de
la banda que mató a Blanco. Envilecimiento que incluyó, cómo no,
profanaciones de la tumba de Blanco y acoso a su familia. ¿Cabe algo más
demostrativo de que nada cambió la atrocidad del crimen?
Cierto es que
se produjeron manifestaciones en toda España para implorar, vanamente,
que ETA no consumara su amenaza de muerte. Pero. Como bien señala Carlos Rodríguez Estacio en
su imprescindible obra sobre la muerte de Miguel Ángel Blanco, llena de
datos desconocidos (la tortura a la que sometieron al joven concejal,
por ejemplo) y de lúcidos análisis acerca de la rendición moral y
política de los españoles ante un nacionalismo tribal que no dudó en
recurrir al asesinato.
«Cabe preguntarse, nos dice Estacio, si esta deriva no se encontraba ya en los planes originales de ETA. Así, al menos, lo sugiere la respuesta de Txapote a
un compinche que, ante la magnitud de la reacción cívica, le preguntó
si no había sido un error asesinar de esa manera al concejal: “Estas
cosas se entienden un año después”. A la luz de los acontecimientos
posteriores, esta frase adquiere un cariz de aritmética macabra. Quizás
Txapote fuera capaz de anticipar necro-lógicamente el efecto dominó que
se iba a producir. Después de todo, un psicópata en un entorno
psicopático tiene más probabilidades de acertar».
«Si
uno revisa las imágenes de aquellas grandes manifestaciones, hay un
detalle muy significativo: no ves ni una bandera española. Y lo mataron
por ser español, por el mero hecho de serlo. Pensar que se iba a
mantener una reacción de esta naturaleza a partir únicamente del
humanitarismo o de consignas éticas resulta algo más que ingenuo.
Salimos al campo ya derrotados».
«En
la Transición se ensayó un experimento único: una democracia sin
nación. Y de esta manera se sirvió el país en bandeja a sus enemigos,
sin ningún anticuerpo patriótico que le permitiera defenderse de las
agresiones (externas o internas)».
Ni una sola bandera de España. Esto resume la tragedia española.
(Juan Abreu/VozPopuli/9/7/2026)