TRUMP,
LO QUE ESTÁ PROHIBIDO COMENTAR.
Hay algo que hermana a la izquierda, a casi toda la derecha y a
los mediopensionistas: poner a parir a Donald Trump. Tampoco existe tertuliano
que no lo regañe con un desprecio perdonavidas, en ocasiones más exaltado que
la verbena oratoria del propio criticado.
Los
reproches del consenso imperante son tan conocidos que resulta casi ocioso
enumerarlos. En lo personal, se trata de un mentiroso patológico, que cambia de
opinión cada diez minutos y que a sus 79 años arrastra un peligroso déficit de
atención.
Además,
es faltón con los periodistas y arrastra rasgos machistas inaceptables. Estamos
también ante un belicista compulsivo, que encima es un majadero que se ha
metido en un callejón sin salida en Irán y ha perdido la guerra. Sus aranceles
son un disparate y sus delirios de grandeza lo han llevado a meterse hasta con
el Papa y a presentarse a sí mismo en una ilustración como un nuevo mesías.
Por último, ha roto el pacto con Europa sobre el que se afianzó
Occidente tras la II GM. Trump, en resumen, es un peligro público y no sabe muy
bien lo que hace.
En
todo lo anterior hay algunas verdades y si sueltas esa retahíla de críticas
quedarás estupendamente en cualquier foro, porque todo el mundo dice
exactamente lo mismo. Por eso vamos a permitirnos el lujo de una aproximación
alternativa a Trump, y por lo tanto políticamente incorrecta y casi prohibida.
En primer lugar, si yo viviese veinte vidas y me presentase en
todas ellas a la Presidencia de Estados Unidos, estoy seguro de que no lo
conseguiría en ninguna. Pero Trump lo ha logrado dos veces, doblándole además
la mano al establishment cultural (Hollywood y el NYT) y al económico
(unos titanes digitales que son las mayores multinacionales del mundo).
Esa proeza política requiere una inteligencia
descomunal, un profundo conocimiento de tu pueblo y la habilidad necesaria para
captar los ingentes fondos que se necesitan para competir.
En segundo lugar, hay que ver qué país heredó Trump. Se parece
mucho al que recibió Ronald Reagan de Carter, una nación humillada en el
exterior, pero esta vez con el agravante de que estaba siendo devorada en su
interior por una epidémica de opiáceos, obra entre otros de China y México, y
por el derrotismo woke, un victimismo individualista, promotor de la
subcultura de la muerte y los equívocos sexuales, corrosivo contra el grit
(la garra, el afán de ir a más), ese individualismo aventurero y un poco libertario
sobre el que se forjaron los Estados Unidos.
Rusia
le comió la tostada a Obama en Siria. China estaba colonizando medio mundo,
incluido el propio patio trasero estadounidense (véase el canal de Panamá y la
Venezuela de Maduro, que el día antes de ser capturado significativamente había
recibido a un alto comisionado chino). Biden había firmado una humillante
salida de Afganistán. Estados Unidos conservaba el poder económico con sus
empresas punteras de chips, redes e IA. Pero empezaba a ser el pito del sereno
y sus amplias clases populares se encontraban deprimidas y desesperanzadas,
heridas por la deslocalización y porque la nueva riqueza de Palo Alto pasaba de
largo por sus vidas.
Trump,
muchas veces de manera atolondrada, representa una reacción contra toda esa
inercia (Obama hasta toleró sin hacer nada que el Daesh degollase ante las
cámaras a ciudadanos estadounidenses en un sádico circo). La auténtica batalla
de Trump es con China, cuya cúpula dictatorial gusta de las luces largas y lo
previsible, por lo que los cambios de rumbo del atrabiliario presidente de
EE.UU. no son una mala estrategia, porque los vuelve locos.
Trump
ha acabado con el ridículo narcodictador que provocó el exilio de siete
millones de venezolanos y el país se dirige hacia una transición al
capitalismo, que traerá aparejada más libertad. Trump, previsiblemente, va a
liquidar la odiosa y enquistada dictadura comunista cubana, que ha sumido a la
isla en una pobreza que creíamos reservada a la más sufriente África. Trump (y
el tan odiado Israel) han evitado que Irán, un país dirigido por fanáticos
religiosos, tenga la bomba atómica, y ha acabado con el desalmado ayatolá que
mató a más de 20.000 jóvenes en las protestas y jugaba a los más crueles proxys
wars por todo el Oriente Próximo.
Trump
se está inflando a vender petróleo y gas con la crisis de Irán, lo que supone
riqueza para su país, e intenta fomentar que su nación vuelva a tener pulso
fabril. Pretende además que los europeos pasemos por taquilla y dejemos de
vivir de la sopa boba delegando en las arcas de Estados Unidos nuestra defensa,
como hacemos desde hace ochenta años. Eso a los europeos nos parecerá muy mal,
pero a los impositores estadounidenses les parece estupendo. Trump, a
diferencia de nuestro aprendiz de sátrapa, admite preguntas de la prensa cada
día. Y a veces la manda al carajo, sí, pero da acceso a los medios, como se
hace en una democracia.
Por último, Trump, el supuesto loco desalmado al que se le va la
pinza, cree en Dios, es provida y se muestra contrario a dos plagas
descorazonadoras de nuestro tiempo: el aborto y la eutanasia de Estado. En su
segunda presidencia ha puesto en jaque al 'wokismo', que está ya a la baja,
hasta el extremo de que plataformas digitales de entretenimiento han ido
retirando de sus series y programas el sermón woke que parecía obligado.
Así
que yo también me conozco los defectos de Trump, que son muchos. Pero en la
vida hay que molestarse en pensar un poco e intentar ver el cuadro entero y no
solo los manchurrones que lo afean.
(Luis Ventoso/ElDebate/15/5/2026.)