Por primera vez en la historia de la Humanidad, y con sorprendente unanimidad de países y partidos, los gobernantes europeos han demostrado que no les preocupa la continuidad de sus respectivos pueblos.
Si se lo hubieran explicado a cualquier gobernante de hace tan solo algunas décadas, monarca absoluto o presidente republicano, civil o militar, de izquierda o derecha, creyente o ateo, desde Lisboa hasta Moscú, no habría podido comprenderlo.
La causa de este sorprendente comportamiento es que todos ellos, incurables cosmopolitas desarraigados, están convencidos de que las naciones son como un espejismo ... Solamente nosotros, microbios que las contemplamos desde aquí abajo, las percibimos como una unidad debido a que su brillo parecido las destaca sobre el oscuro fondo del firmamento. Pues lo mismo, según los aspirantes a apátridas, sucede con las naciones.
Y aun en el caso de admitir que las naciones existen, se trata de cosas retrógradas, heredadas de oscuros pasados antidemocráticos que hay que demoler para que dejen de provocar guerras y enfrentamientos. ¡Cuánto mejor, más justo y más libre será el mundo futuro cuando esté regido por una sola ley, un solo gobierno y un solo amo!
Además, la Santa Iglesia de los Derechos Humanos estableció hace ya mucho el dogma de que lo que cuentan son los individuos, que carecen de escalones intermedios entre ellos y su común pertenencia al género humano, por lo que son masivamente intercambiables según las necesidades políticas o económicas de cada momento.
La prueba de esta voluntad de barrido de las naciones europeas —en el resto del mundo no sucede— es que los gobernantes hacen todo lo posible para arrinconar a sus nacionales y dar un trato privilegiado a los que llegan de fuera, incluidos los que lo hacen de manera ilegal y hasta violenta.
(Jesús Lainz/LaGaceta/28/9/2026.)
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