lunes, 8 de marzo de 2021

MUJERES EJEMPLARES

 

Irene

Hay personas a las que el destino les pega duro, desde bien pequeños, como a un saco de boxeo. Para quienes la existencia supone una lucha titánica, agotadora, por momentos cruel e interminable. Pero que consiguen aguantarla en pie, mirando al frente, tragándose sus penas. Sin nunca renunciar a ser felices y, sobre todo, a hacer felices a los demás. Mientras muchos se lamentan, ellos pelean. Mientras otros desisten, ellos insisten. Mientras la mayoría ya hubiera arrojado la toalla -empapada de lágrimas- al duro ring de la vida, ellos esperan pacientemente la próxima embestida. Con esa invisible túnica de fortaleza, resolución y dignidad que sólo visten los muy grandes.

Irene Gutiérrez Huamaní es la mejor embajadora que conozco de ese mundo de seres sobrehumanos. Porque ella añade -a todo lo anterior- un talento descomunal. Un don divino para sorprender y seducir a la gente a través de sus platos, reconocido por los mejores, desde Martín Berasategui hasta Heinz Winkler -que suman la friolera de 15 estrellas Michelin- ambos enamorados confesos de su cocina. En los fogones de Sumaq, (que significa rico, delicioso, en idioma quechua) situado en el barrio de Santa Catalina de Palma, ella reparte alegría y pasión a un montón de seres afortunados. A todos los que tenemos la inmensa suerte de acercarnos habitualmente por allí.

Irene nació al sur de Cuzco, en el Perú, en el seno de una familia muy pobre. Su madre -viuda con cuatro hijas- la entregó a un matrimonio adoptivo, cuando era una cría, a cambio de favores para que liberasen a su abuelo de prisión. Vivió entre palizas hasta que escapó de esa casa a los 14 años. Pero, desde entonces, en su vida empezaron a aparecer algunos ángeles. Esos que alguien ahí arriba iba enviando con cuentagotas para que su enorme talento no se echara a perder. Primero fue una pareja mallorquina, Nadal y Marisol que, tras probar en Cuzco su sopa criolla, le dijeron que tenía que venir a Mallorca, un lugar del que ella nunca había oído hablar. Luego el matrimonio León Jiménez, que enseñó los refinamientos y detalles del arte de la cocina a una joven resuelta, risueña y talentosa, que nunca había dispuesto de los recursos necesarios. Hasta llegar a Roberto Pons, su socio, gran apoyo y alter ego en el templo del Sumaq, corresponsable del gran éxito del singular restaurante palmesano. Todo ello lo cuenta Irene en su libro “Danza de ángeles”, expresivo título que recoge su trayecto vital, su “via crucis” particular desde Perú a Mallorca.

Como la vida ya tenía decidido no ponerle las cosas fáciles, hace pocos años le diagnosticaron una dura enfermedad. Una esclerosis sistémica, dolencia autoinmune, crónica y dolorosa que precisa de un continuado y costoso tratamiento. Piensen ustedes en una cocinera a la que la piel se le endurece y a cuya enfermedad le sienta fatal el calor. Resulta difícil imaginar algo más cruel. Esa es la terrible receta que el destino ha servido a nuestra reina de los fogones en estos últimos años. Pero ella, toda esfuerzo y pasión, se la ha acabado poniendo por montera y ahí sigue, diciendo a los amigos que “la enfermedad me ha hecho mejor”.

Hace unas semanas, recibiendo tratamiento para su enfermedad agarró una bacteria hospitalaria. Se encontraba realmente mal, internada en un área de aislamiento, con momentos de fiebre altísima que le minaron un poco su estado de ánimo. Me pidió que fuera a visitarla a Son Espases y para allá que me fui, lo más rápido que pude. Coqueta como es ella -genio y figura- me advirtió por teléfono: “no te asustes de cómo estoy”. Ya en el hospital, una enfermera muy atenta me ayudó a vestirme adecuadamente para entrar en su habitación. Mientras me anudaba a la espalda las protecciones yo le dije: “¿Sabe usted que esa mujer que hay ahí dentro es la mejor cocinera de Mallorca? Cuídenla bien, por favor”. Y, para mi sorpresa, me contestó: “pues claro que lo sé, amigo. Soy peruana”. Ambos nos pusimos a reír.

Tras charlar con Irene un rato, decidí dejarla descansar. Me quedé bastante preocupado viéndola así de postrada, y algo baja de moral. La estuve animando un poco, incluso bromeando con su aspecto físico, diciéndole que no era para tanto y que me había hecho una advertencia exagerada. Pero me marché con cierta inquietud. Y ella, fuerza de la naturaleza, que algo debió intuir en mi mirada bajo mi vestimenta de astronauta, tuvo arrestos para agarrar su teléfono móvil cuando salí de su habitación. Bajo hasta el sótano, me siento en el coche -aparcado en los bajos del hospital- y veo que me acaba de enviar el siguiente mensaje de whats app: “os quiero. Cuando salga de aquí cocinaré mejor que nunca”. Poco se puede añadir. Los genios son así.

Una semana más tarde, un sábado por la mañana, fui a entrenar al parque de Sa Feixina de Palma. Hacía escasos días que estaban abiertas las terrazas, y bastantes personas se encontraban desayunando en las instaladas sobre la calzada contraria de la Avenida Argentina. Caminaba yo por la acera, vestido con ropa de deporte y mascarilla, cuando una mujer bastante arreglada -tocada con un elegante sombrero- vino corriendo hacia mi. Era Irene. Acababa de recibir el alta hospitalaria y estaba desayunando con Roberto, su socio, con una enorme bolsa de medicinas sobre la mesa. Eufórica y feliz. Le dije lo que me salió en ese momento: “hija, eres una fuerza de la naturaleza”. Y me contestaron que me esperaban en Sumaq.

No se me ocurre mejor historia para celebrar el día de la mujer. Ese 8-M que algunos han convertido, lamentablemente, en un instrumento de confrontación política. Porque ésta es la historia de una mujer admirable, como otras que rodean -afortunadamente- mi existencia. Mujeres que, sin discursos ni postureo, demuestran ser capaces de superar todas las adversidades. Sin lamentos, sin quejas, y con una enorme sonrisa. Mujeres que contagian a quienes las rodean y nos hacen mejores a todos.

 

(MalorcaDiario/8/3/2021.)



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