sábado, 20 de febrero de 2021

ROSA DÍEZ Y HASÉL

 

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ROSA DÍEZ Y HASÉL.

 

Rosa Díez ha comentado en #OrganizandoLaResistencia en Es la Mañana de Federico la violencia extrema en las calles de ciudades como Madrid o Barcelona con la excusa de la encarcelación de Pablo Hasél. "La historia se repite, los argumentos que usa Podemos para no condenar la kale borroka son calcados a los de Batasuna para no condenar a ETA y el silencio de Sánchez es el mismo silencio que el del PNV con ETA y Batasuna", ha explicado Díez.

 

"Tenemos un Gobierno donde presidente y vicepresidente se reparten la tarea para robarnos la democracia para tener un poder sin control democrático". De esta forma, "empiezan por cuestionar la democracia y el siguiente paso es la incitación a la violencia" una "violencia política que tiene responsables políticos que están en el Gobierno de España".

De hecho, Rosa Díez ha destacado que "esta incitación al odio y la violencia parte del Gobierno de España" donde está "el mayor incitador de la radicalidad que es el presidente de España" porque "forma parte de su estrategia". Sánchez sabe, ha añadido, que "para mantenerse en el poder, al que llegó legítimamente pero que utiliza de forma ilegítima, tiene que destruir los controles democráticos y radicalizar a la sociedad". Por eso "su vicepresidente desacredita la democracia y a la semana siguiente incita la violencia en las calles".

Explicar a Europa quién es Hasél

Rosa Díez ha contado en esRadio que "estoy preparando un pequeño dossier" para enviar a las instituciones europeas "explicando quién es este neonazi de Pablo Hasél al que defienden desde el Gobierno". La exeurodiputada quiere "explicar por qué ha sido condenado y por qué está en la cárcel" ya que "antes de que nos demos cuenta estarán en el Parlamento Europeo pidiendo la libertad de expresión".

De hecho, ha insistido en la importancia de no dejar que "perviertan el lenguaje" porque "a veces caemos en sus trampas, no se manifiestan por la libertad de expresión sino a favor de un tipo condenado por enaltecimiento del terrorismo reiteradamente o delitos como amenazas de muerte a un testigo". Delitos por los que en cualquier país, ha recordado, ya llevaría muchos años en la cárcel.

 Hasél es "un neonazi que defiende a Hitler y niega el Holocausto y se ha convertido en el héroe de la izquierda reaccionaria que gobierna España, en el héroe de Sánchez e Iglesias".

 (Es.Radio/19/2/2021.)

LE CONVIENE ENTERARSE

 

 

LA HEGEMONÍA POPULISTA.

Recuerdo con cierta nostalgia cuando, allá por 2014, la irrupción de Podemos en el panorama político llevó a los intelectuales patrios a buscar una definición del término “populismo”. Se llegó a cierto consenso para describirlo como una tendencia política que ofrece soluciones fáciles a problemas difíciles arrogándose la representación popular. Explicaron su triunfo en las carencias económicas y financieras de la sociedad. Bendita ingenuidad.

 

El populismo ha demostrado ser mucho más complejo: un engendro mutante que parasita reivindicaciones ciudadanas ampliamente aceptadas y se adapta a ellas con el objetivo de vaciarlas de contenido y nutrirlas de un nuevo significado que se amolde a sus necesidades. Lo estamos viendo a diario con el feminismo, con el escudo social o, en los últimos meses, con el constitucionalismo. ¿Quién va a mostrarse contrario a la igualdad ante la ley de hombres y mujeres, a que el Estado intervenga en la protección de los más débiles o a que se respeten los derechos y libertades contemplados en la norma suprema de nuestro ordenamiento jurídico?

Sólo que ahora ser feminista implica asumir que la biología convierte a las mujeres en víctimas y a los varones en victimarios por el mero hecho de serlo, lo que aboca a que las hembras tengamos que ser resarcidas por las penurias sufridas tiempo atrás en manos del heteropatriarcado. Y esa reparación se materializa tanto en leyes que subvierten derechos fundamentales como la presunción de inocencia cuando el sujeto pasivo del delito es una mujer, como en innumerables chiringuitos millonarios creados para ser colonizados por quienes esgrimen el carnet del partido. Es una definición del feminismo que saben que muchos vamos a rechazar o matizar. Pero cuidado con verbalizarlo públicamente porque serás tildado de machista, extremista o radical.

El Estado garante da paso a uno asistencial, en el que el hambre y el miedo a la pandemia son las premisas en base a las cuales la sociedad civil renuncia a sus libertades

Otro tanto sucede con el escudo social. Han transformado la necesaria protección estatal de los sectores más necesitados de la sociedad en un instrumento para dinamitar el emprendimiento y la riqueza. El Estado garante da paso a uno asistencial, en el que el hambre y el miedo a la pandemia son las premisas en base a las cuales la sociedad civil renuncia a sus libertades y se las entrega a sus dirigentes a cambio de un plato de lentejas. Lo que viene a ser el comunismo, vaya.

Tiene narices que el portavoz de uno de los partidos del Gobierno de coalición, Pablo Echenique, exprese en Twitter que el ascensor social no funciona porque los poderosos que viven en los áticos han cortado los cables. Que alguien le diga a Echeminga de mi parte que el único ascensor social que este Gobierno ha demostrado saber hacer funcionar a las mil maravillas es el de la política. Miren a Su Sanchidad colocando a dedo a decenas de amistades en las instituciones con sueldos astronómicos. O a Pablo Iglesias e Irene Montero, que ya no recomiendan las series que ven en un televisor vallecano, sino desde su chaletazo millonario en Galapagar. O a Adriana Lastra, que se molesta cuando le preguntan por su experiencia y formación mientras ofende a la inteligencia cada vez que abre la boca. Por no hablar de la burbuja de las carreras universitarias y los másteres o doctorados fake de muchos políticos, que sólo se explican desde la militancia partidista.

Y ni hablamos ya del constitucionalismo. Ver a Sánchez tildar de inconstitucionales a los partidos que se niegan a aceptar sus imposiciones en la renovación del CGPJ mientras los chantajea con modificar la ley para poder designar a los miembros a su antojo causa sonrojo y vergüenza ajena. Porque lo de llamar valientes, patriotas o constitucionalistas a la patulea de Bildu, ERC y demás nacionalismos periféricos mientras se tilda de poco menos que de antidemocrática a la oposición es directamente vomitivo. Pero al igual que usan el feminismo como justificación para vulnerar derechos fundamentales o el escudo social para transicionar hacia una economía de subsistencia, están manipulando el constitucionalismo para, en su nombre, ejecutar con la nueva mayoría escenificada en los Presupuestos las modificaciones legislativas que propiciarán el cambio de régimen sin necesidad de tocar una coma a la Constitución.

Falta de transparencia

En ello están, rebajando el tipo penal de sedición, ideologizando el Poder Judicial a través del cambio del sistema de elección del CGPJ y las condiciones de acceso a la judicatura, o inaugurando el ministerio de la Verdad Gubernamental. Ahí los tienen, calificando de bulos las opiniones críticas contra el Ejecutivo mientras se limpian el culo metafórico con las resoluciones del Consejo de Transparencia que le instan a informar sobre la identidad de quienes integran el comité de expertos o sobre los viajes en el Falcon de Su Persona. Aún recuerdo cuando montaban escándalos por el consumo de copas y canapés en el avión presidencial durante el gobierno de Rajoy. Está claro que para un amplio sector de la población, la ideología actúa como eximente. Y lo de Sánchez diciéndole a Piqueras en prime time que quienes nos mostramos críticos mentimos porque España no se ha roto y no está gobernada por bolcheviques ¿qué les parece? Cualquiera diría que nos ésta acusando de tener demasiadas expectativas cortoplacistas. Que nos está pidiendo tiempo para evidenciar la propiedad conmutativa entre el bolchevismo y el chavismo.

El objetivismo en el que se asentaron las democracias liberales se está diluyendo en una suerte de relativismo sentimental

Ya ven, queridos lectores, en lo que consiste realmente esto de la hegemonía populista: en una prostitución intelectual que impregna el lenguaje de ideología para que ésta cale en la sociedad. El objetivismo en el que se asentaron las democracias liberales se está diluyendo a pasos agigantados en una suerte de relativismo sentimental, en base al cual se escora legalmente el razonamiento y se institucionaliza el sentimiento: todo se justifica en aras a la consecución de la felicidad de las identidades colectivas.

De manera progresiva, las cosas en torno a las que existía consenso dejen de ser lo que eran y lo que antes era común ahora es propiedad de un partido. O se compra la terminología gubernamental con sus nuevos significantes y accesorios, o se coloca uno fuera. De esta manera, lo que antes era sistema pasa a ser antisistema por obra y gracia del adoctrinamiento institucional y mediático. Mientras esto sucede, la oposición renuncia a hacer honor a su nombre y se dedica a escenificar juegos malabares que le permitan reposicionarse políticamente dentro de este nuevo esquema para no ser identificados como subversivos.

La famosa hegemonía cultural que tanto le gusta a estos nuevos gramscistas persigue, básicamente, demoler hasta los cimientos el Estado de derecho, porque les estorba en su carrera hacia el poder omnímodo. Han aprendido que el proceso cosecha mejores resultados cuando se hace con la gente, convenciéndola de que van a convertir en derechos esas reivindicaciones mayoritarias, que contra la gente, imponiéndoles revoluciones en nombre de ideologías caducas. Una implosión calculada que consiga desde dentro, desde los ministerios, lo mismo que un estallido callejero: la voladura de nuestras instituciones tal y como las conocemos. Ya saben lo que dijo Carmen Calvo, que las revoluciones contemporáneas se hacen desde el BOE. Jugar con dinamita política está de moda, pero que nadie olvide que, tras una gran explosión, no quedan nada más que cascotes, cenizas y desolación.

 

(Guadalupe Sánchez/Voz Populi/15/12/2020.)

 

viernes, 19 de febrero de 2021

LA IDEOLOGÍA DE LA MUERTE

 (Su ideología puede más que cualquier otra consideración.

Lo menos que puede hacer un político con algo de sensatez, decencia y respeto por la vida ajena, es atender a la petición de la sociedad Española de Psiquiatría, en un asunto tan serio. Se trata de la muerte de una persona.

 

 Pero no. Se ve que esto de la eutanasia debe ser progresista. No hay más que hablar. ¡Facha el que no bote! ¡Y les votan!

 
 

 Ni el PSOE ni sus socios de Gobierno en el Senado han recogido en sus enmiendas a la ley de eutanasia las advertencias de la Sociedad Española de Psiquiatría.

 Estos médicos reivindican una «valoración psiquiátrica obligatoria» de los pacientes que soliciten la «prestación de ayuda a morir» cuando «el juicio o el consentimiento estén en cuestión» y «una revisión del proceso de realización de las voluntades anticipadas».

(Laura Daniele/ABC/19/2/2021.)

jueves, 18 de febrero de 2021

UN TIPEJO VICEPRESIDENTE

(Este tipejo despreciable es Vicepresidente del gobierno, por la gracia de Pedro Sánchez.

 

'Somos la izquierda'.

 

Recordemos que hay gente que les vota.)

 

 

Pablo Iglesias: «Me emociona ver que unos manifestantes agreden a un policía».

(OkDiario/25/9/2020.) 

Iglesias traslada a Moncloa que las cargas contra los violentos de Hasél son «inadmisibles»

El vicepresidente Pablo Iglesias también ha reclamado "depurar responsabilidades" entre los altos cargos de Interior responsables de las cargas policiales.

(OkDiario/19/2/2021.)

 

TE QUEDASTE EN CASA.

 


 TE QUEDASTE EN CASA.

El 47% de los electores. Es la gigantesca porción oscura en ese gráfico en el que a cada color le corresponde un partido y a cada partido su porcentaje.

Elecciones catalanas. La menor participación desde hace 40 años. Esa mancha oscura se explica de muchas maneras, algunas de las cuales se excluyen mutuamente. Ya se sabe que las autopsias electorales lo aguantan todo.

Cada partido estará haciendo la suya, probablemente por duplicado. Una con la intención de acertar y, si cabe, corregir. La otra (sobre todo en caso de sonada derrota) con el propósito de protegerse de las puñaladas que llegan desde dentro.

El miedo a contagiarse, la desidia, el desengaño, no saber a quién votar, el conformismo. Todo eso cabe en ese 47% de electores catalanes que el domingo no hicieron frente a su responsabilidad y prefirieron dejarla en manos de otros.

Ese sentimiento adolescente (no importa la edad que se tenga) de que los actos propios no tienen consecuencias. Que lo que vaya a ocurrir, sea bueno o malo, no depende de nosotros. Que dado que no hemos vivido mayores desgracias que las corrientes desde hace casi un siglo, alguien habrá que tarde o temprano ponga todo en su sitio.

Lo cierto es que se nos da una oportunidad cada cuatro años. O, quizás, con suerte, alguna más.

Y, sí, sabemos que nuestro voto no vale lo que pesa y que depende del lugar donde vivamos.

Que votamos una lista cerrada y pocas veces conocemos a los que aspiran a representarnos (o sólo a fingir que lo hacen).

Que es muy probable que los que se presentan no cumplan lo que prometen en campaña y que no hay manera de pedirles cuentas ni mucho menos de que paguen por ello.

O que luego se juntarán con quien quieran, incluso con quienes dijeron que les quitaban el sueño.

Pero es nuestra única oportunidad, por imperfecta que sea. Sobre todo cuando lo que está en juego es algo más que la gestión, mejor o peor, de una autonomía. Cuando a lo que los votantes se enfrentan es a su propio proceso de descomposición.

Y no, no doy por hecho que en ese 47% sólo haya presuntos constitucionalistas. Pero si la falta de entusiasmo les hizo a los que no lo son quedarse en casa, no seré yo quien se lo reproche. Esa desmotivación procesista quizás les esté acercando, a su pesar, a la cordura.

Dos días después de las elecciones, Cataluña vuelve a arder. El fuego, los destrozos y los saqueos vuelven a enseñorearse de sus calles. Habrá quien piense que Cataluña ha vuelto a la normalidad, a la que dibujó el procés y de la que parece no haber salido.

Hay responsables directos de esa Cataluña en llamas, porque alientan esas acciones o alimentan desde sus tribunas el odio que las provoca. Pero eso ya se sabía el día de las elecciones.

Sin embargo, también hubo días en que la sociedad civil llenó las calles de banderas de España y de Cataluña y negó, con sus actos, que esas calles fuesen sólo de quienes las queman. De ese impulso llegaron los votos en 2017. Votos que, aunque no fueron suficientes, tuvieron un valor simbólico que fue un tremendo error desaprovechar.

A estas elecciones el constitucionalismo ha llegado roto, pero no más que el separatismo. La diferencia es que, al margen de sus diferencias cainitas, los separatistas tenían un objetivo común: superar la barrera del 50%.

No ha sido así entre los constitucionalistas. Entretenidos en tácticas partidistas, se han hecho muy poco atractivos para sus propios votantes. Hasta conseguir que, por ejemplo, la mitad de los que votaron a Ciudadanos en 2017, y uno de cada tres del PP, se hayan quedado en casa.

Pero eso no es excusa. Cuando los representantes políticos fallan, cuando no son capaces de distinguir lo que realmente importa, son los ciudadanos los que, a pesar de las limitaciones de un sistema electoral injusto, deben actuar.

(Gary Durán/ElEspañol/18/2/2021.)