DIFICIL DILEMA.
Tal vez habría bastado con ‘dilema’, ya que se supone que
los dilemas son difíciles. En todo caso, este que voy a comentar es muy
importante porque afecta a todos los terrícolas.
En esencia, es una
encrucijada donde no hay una salida fácil, como decidir entre dos caminos
igualmente atractivos o problemáticos. (RAE)
Se trata de
la intervención de Donald Trump en Venezuela. ‘Maduro capturado con su mujer y
sacado de Venezuela’. (LD).
La
cuestión, planteada resumidamente, es si preferimos la opción (A), es decir,
que una superpotencia como USA intervenga militarmente en un país que- de
manera pública, notoria y sistemática- viola derechos humanos, o si preferimos
la opción (B), que es seguir como hasta ahora. Es decir, una situación en la
que- en un país determinado- sus dirigentes puedan cometer sistemáticas
violaciones de derechos humanos, sin que pase nada. Salvo el injusto
sufrimiento de una parte de la población.
En el caso
del venezolano Maduro, la ONU lo había condenado por crímenes contra la
humanidad.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y
otros miembros de su gabinete fueron acusados este miércoles por las Naciones
Unidas (ONU) de perpetrar crímenes contra la humanidad. (BBC/17/septiembre
2020.)
La opción
(B) es la que menos me gusta. La opción (A) me parece mejor, pero no está
exenta de peligros. Por eso no se trata de elegir entre una opción buena y otra
mala, sino la menos mala.
Lo mejor
sería que un organismo internacional (respetado y respetable) fuese capaz de
dar dos pasos. Si la ONU dice que Maduro es responsable de crímenes contra la
humanidad, actuar como lo ha hecho Trump. Pero está claro que no puede y hay
que abandonar este camino que sería el menos malo. No sólo no puede. Es que la
ONU no es- lamentablemente- una organización internacional respetada y
respetable. Al menos para una parte.
La opción
(A) tiene el grave inconveniente de que se pueda actuar militarmente por
motivos diferentes a los denunciados por la ONU contra Maduro. O que los hechos
no sean concluyentes. O que haya informes- aunque sea parcialmente- falsos,
etcétera.
Aparte de
las diferentes interpretaciones de la realidad. Pongamos el caso de España. Lo
podemitas (versión comunismo siglo XXI) se han manifestado encantados con la
Venezuela de Maduro.
Para ellos
no hay represión y las cosas van bien. En conclusión, para Pablo Iglesias,
Monedero, Irene Montero, Belarra, y un largo etcétera, la intervención militar
de USA es un ejemplo más de la crueldad del imperialismo. O sea, alcanzar un
acuerdo general, es imposible.
Una opción-
aunque no está exenta de dificultades- sería preguntar a la población- en este
caso venezolana- si le parece bien el derrocamiento del supuesto dictador por
medio de una intervención militar. Se supone- con pruebas concluyentes- que las
elecciones organizadas por el dictador, están amañadas, aunque teóricamente
sean ‘democráticas’. La dificultad estaría en garantizar que la población pueda
votar con libertad y sin represalias.
La solución
no es fácil, pero si yo viviera en Venezuela, por ejemplo, desearía el
derrocamiento del dictador. Si no puede ser por las buenas, por las malas.
Es
humanamente comprensible que las personas que viven en sociedades democráticas-
digamos ‘normales’- no vean el problema con la intensidad de los que sufren
directamente la brutalidad del dictador y sus secuaces.
Por eso, la
expresión ‘Ponerse en los zapatos de otro’, viene al caso. Aunque unos lo
interpretarán como un acto de empatía con los que sufren. Un ‘ponerse en su
lugar’.
Sin
embargo, otros pensarán que no hacerlo, permite un mayor nivel de objetividad.
Y, en consecuencia, una conclusión ‘mejor’ en términos éticos y políticos.
Que cada
uno asuma su responsabilidad. En mi caso, aunque no me fío de ninguna superpotencia,
ni de la ONU, prefiero aliviar ya, el sufrimiento real e injustificado de una
parte de la población de una sociedad determinada. O sea, detención dictador
Maduro.
Luego, ya
veremos.
Última Hora. ‘Sánchez condena ahora «con rotundidad»
el ataque de EEUU en Venezuela’. (The Objective)
Con los dictadores.
Sebastián Urbina.
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