Sin piedad
Occidente solo será capaz de reaccionar cuando empiece a sufrir las consecuencias en sus propias carnes.
La ecuación es así: nos encontramos con la mayor amenaza para la civilización occidental desde la Segunda Guerra Mundial que los Estados Unidos e Israel han decidido detener en ese instante extremo en que la peligrosidad del régimen fanático de los ayatolás adquiría proporciones formidables.
Todo de lo que los dos aliados culpan a Irán está bien documentado: de ser, desde hace 47 años, el principal promotor del terrorismo en el mundo; de haber construido un fabuloso arsenal militar a punto de sumar el arma nuclear repleto de miles de misiles balísticos entre los que sobresalen los intercontinentales capaces de alcanzar los EEUU pero también gran parte de Europa; de ser el nudo gordiano del “eje del mal” integrado por los estados más tiranos de la tierra, China, Rusia, Corea del Norte, Venezuela y más; de haberse convertido en un vasto culto de muerte volcado en secuestrar, torturar y asesinar a sus enemigos en el mundo entero así como en sus mazmorras y en masacrar, a la vista de todos, a sus propios súbditos a los que condena a una ideología medieval en pleno siglo XXI.
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