Una normalidad tan normal que los colegios tendrán vigilancia policial —también durante la noche— para impedir que los críos sean agredidos o las instalaciones ocupadas; tan normal que los militares desplegados en Ceuta han tenido que pedir autorización para emplear de forma proporcionada la fuerza cuando sean agredidos; tan normal, en fin, que una mujer ya no puede caminar sola por la calle sin que ello sea interpretado como una invitación a ser agredida.
Una normalidad impropia de un país europeo desarrollado que los ceutíes se niegan a normalizar. Y hacen bien.
El Estado no es una ficción administrativa, un conjunto normativo publicado en el Boletín Oficial ni una legión de políticos y funcionarios ocupando despachos.
Es poder efectivo: capacidad para imponer la ley, proteger a los ciudadanos y ejercer, como explicó Weber, el monopolio legítimo de la violencia dentro de su territorio.
(Guadalupe Sánchez/TheObjective/28/8/2026.)
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