jueves, 27 de octubre de 2011

HOMBRES Y MUJERES




HOMBRES Y MUJERES.

"Para conquistarme un hombre tiene que ser payasete y hacerme reír’’.


07:08 (21-01-2011)


Carolina Bang, actriz, responde a La Gaceta..


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'IGUALDÁ'.






Supongamos a un actor de moda que dice lo siguiente: 'Para conquistarme, una mujer tiene que ser payaseta y hacerme reír'. ¿Sería denunciado al Comité de Alerta Feminista antiMacho?










No, porque los hombres no son conquistados por las mujeres sino que conquistan a las mujeres. ¿Seguro? ¿No será que los hombres conquistan a las mujeres que se dejan conquistar?










¿Por qué una mujer puede decir, con la cara bien alta, que sólo un payasete que la haga reír, la puede conquistar? ¿Por qué un hombre sería considerado un grosero machista?










¿Puede un hombre decir, sin ser denunciado ni represaliado, que para conquistarle, una mujer, ha de tener un buen par de tetas y un buen culo? ¡No! ¡Sería horrible! ¡Apúntenlo en la lista de violadores potenciales!






Solución políticamente correcta. Usted, machito de mierda, tiene que hacer el payaso, para agradar a la fémina de turno. Claro que puede tener que aceptar matices. Por ejemplo, usted, machito, no tiene que hacer el payaso porque es un payaso. ¿Por qué? Porque es un hombre. ¡No se entera!






Le voy a contar un chiste que gusta a las mujeres. Rectifico, a algunas mujeres. Las que desean que el machito les haga reír, les pague las facturas y tenga un buen nabo. Por si le apetece.










'¿En qué se parece un hombre a un perro?


En que, cuando te miran, parece que te comprenden'.










Lo malo es que, también, se puede aplicar a las mujeres. La maldita igualdá. Algo habrá que hacer. Algo progresista, por supuesto.






Sebastián Urbina.

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Sentimientos, poder y sexo.










Decía San Agustín, ‘Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama.’ Podemos ampliar el espectro y no conformarnos con lo que una persona ama, podemos añadir lo que odia, lo que admira, lo que le enfurece, etcétera. Pero, en cualquier caso, lo que esto significa es que los sentimientos muestran a la persona, expresan quiénes somos.


Claro que las cosas son, siempre o casi siempre, más complejas de lo que parecen. Si tenemos dudas podemos atender la recomendación de Baltasar Gracián: ‘El saber más práctico consiste en disimular; el que juega a juego descubierto tiene las de perder.’ O sea, no te muestres como eres. El consejo es distorsionar, disimular la realidad. En este caso, los sentimientos de alguien. ¿Por qué? Porque si abrimos nuestro corazón, nos lo van a lastimar.


Este parece un buen consejo si no queremos sufrir, si no queremos que nos hagan sufrir. Pero el amor, por ejemplo, es una aventura que implica dicha y desdicha. Ningún amor real contiene solamente dicha o solamente desdicha. Sufrir es una parte de la aventura de la vida. Es una parte de nuestro proceso de maduración como seres humanos.


Además, aunque no voy a abrir mi corazón a cualquiera que pase por la calle, el disimulo sistemático de mis sentimientos, distorsiona mi comunicación con los demás. Puedo decir ¿qué me importan los demás? ¡Sólo me importa mi pequeño círculo de familia y amigos! Pero esto no es, normalmente, cierto. No cabe duda de que no abrimos nuestro corazón a todo el mundo pero no tenemos interés, normalmente, en dar una imagen equivocada de nosotros. Dentro de límites, claro es. Por ejemplo, no quiero que los vecinos y mis compañeros de trabajo tengan una imagen distorsionada negativa. Por tanto, no se trata de disimulo de mis sentimientos, sin más. Se trata de evitar lo que pueda perjudicar una ‘buena imagen’ de mí.


Otra cosa es la relación amorosa. Aquí hay algo más que ‘buena imagen’, aunque también. La relación amorosa tiende a ser más intensa que cualquier otra relación y por supuesto, más intensa que mi relación con los vecinos y mis compañeros de trabajo. Es más intensa porque incluye, normalmente, amor, sexo, dependencia y control (deseo de poder).


La revista británica ‘Proceedings of the Royal Society’ publica un estudio realizado en la Universidad de Lovaina que prueba que los hombres pierden la cabeza por las mujeres. Para ser más precisos, las llamadas ‘armas de mujer’ dificultan la capacidad de los hombres para tomar decisiones puesto que los niveles de testosterona suben de forma alarmante frente a los encantos femeninos.


¿Qué es la testosterona? Es una hormona - una sustancia de naturaleza proteica (que cambia de formas) o esteroide (se refiere a una estructura policíclica de la que derivan compuestos de interés biológico, como esteroles, ácidos biliares, etcétera)- que se produce en los testículos. En las mujeres se produce en los ovarios pero diez veces menos, como mínimo. Es la encargada del mantenimiento de las características masculinas durante la etapa adulta, como la masa ósea y muscular, distribución de masa corporal y del pelo, además de la formación de espermatozoides, la líbido (el deseo sexual) y potencia sexual.


Pues bien, el doctor Siegfried Dewitte, uno de los responsables del estudio, dice que los hombres con altos niveles de testosterona, son muy vulnerables a las insinuaciones femeninas. O sea, si una mujer es atractiva y ejercita sus ‘armas de mujer’ ante un hombre con altos niveles de testosterona, tiene muchas probabilidades de manejarlo, si quiere hacerlo.


Mientras los hombres segregan la hormona sexual testosterona (dependiendo la cantidad de la edad, preferentemente) las mujeres producen estrógenos y progesterona. Los estrógenos (aunque no son exclusivamente femeninos) son esteroles (el más conocido es el colesterol) que se requieren para la maduración sexual de la mujer. La progesterona es una hormona que prepara el útero en caso de fecundación así como la lactancia de las mamas.


Dicho esto, lo que aquí interesa es lo que antes he comentado. La relativa falta de control de los hombres (en general) frente a las ‘vistas’ o insinuaciones femeninas. ¿Por qué es importante? En primer lugar, porque los experimentos muestran que las mujeres (en general) no sufren esta conducta errática derivada de las ‘vistas’ o de las insinuaciones masculinas. Esto ya supone una ‘superioridad’ de las mujeres (en general), especialmente en ciertas edades, sobre los hombres (en general).


Hay, además, otra cuestión importante. Se ha dicho repetidamente que la capacidad de aplazar las gratificaciones no sólo es una muestra de madurez sino que es un aprendizaje para alcanzar la madurez. Pues bien, la persona impaciente, la persona apresurada, quiere lo que quiere, ahora. Si aceptamos que la sexualidad masculina es más compulsiva que la femenina (en general), y que los hombres, en general, son muy vulnerables a las insinuaciones femeninas (como dice el informe médico), parece que a las mujeres (en general), se las ponen como a Fernando VII para poder influir, controlar o manejar a los hombres.


En resumen, parece que las mujeres (en general) tienen la oportunidad de controlar o manejar a los hombres (en general) dadas las circunstancias antes citadas. Es cierto que el amor, un sentimiento importante y complejo del que no voy a hablar, puede impedir que las mujeres ‘se aprovechen’ de esta superioridad, pero la tentación está presente.


Ahora bien, el mismo informe dice, también, que los resultados que hemos comentado, no son necesarios. Es decir, los hombres no son marionetas que, necesariamente, sean manejadas por las ‘armas de mujer’ convenientemente utilizadas. Pero los hombres no habituados a la reflexión sistemática son más propensos (nunca hay garantías absolutas) a ser influidos, controlados o manejados por las ‘vistas e insinuaciones femeninas’ de las que habla en informe. En este sentido, hay hombres que, habitualmente, no piensan con el cerebro sino con otras partes del cuerpo. Estos son, tendencialmente, los más vulnerables a las insinuaciones femeninas.


Hay, además, la ‘voluntad de poder, que según Nietzsche, formaría parte de la naturaleza humana. No se trata de esclavizar al otro, en sentido literal. Se trata de conseguir lo que yo quiero, y no lo que quiere el otro: ir de vacaciones al sitio que me gusta, llevar al hijo al colegio que me gusta; poner las cortinas que a mí me gustan; ir a cenar al sitio que a mi me gusta; comprar el coche que a mi me gusta, etcétera. Esto lo puedo conseguir si tengo algún ‘poder’ capaz de influir, manipular o amenazar al otro.


En este momento podemos apelar a Hume. Si es cierto, como él dice, que las dos emociones básicas son, el amor a uno mismo (egoísmo) y la simpatía altruista (compasión), el egoísmo que todos los seres humanos tenemos puede suavizarse, compensarse o vencerse por la simpatía altruista. Dicho con otras palabras, una mujer que tiene una ‘superioridad’ sexual (en el sentido indicado) sobre un hombre determinado, puede no aprovecharse de esta circunstancia si su egoísmo puede compensarse por el amor que siente por este hombre, o por conveniencia. Por ejemplo, porque considera que sus hijos estarán mejor con este padre. Pero, cuidado, se trata de equilibrios inestables. Si tengo ‘un poder’, la tentación es ejercerlo a mi favor.


En última instancia, estos conflictos con uno mismo (¿me aprovecho o no me aprovecho?) desembocan, explícita o implícitamente, en conflictos morales. En este sentido, que cada uno apechugue con su conciencia de acuerdo con su escala de valores. A pesar de que los seres humanos, mujeres y hombres, tenemos la tentación del autoengaño.


Leamos lo que nos dice el sociólogo Jon Elster: ‘Las creencias pueden ser subvertidas por las pasiones a las que supuestamente sirven. La expresión de deseo – la tendencia a creer que los hechos son como a uno le agrada que sean - es un fenómeno difundido cuya importancia en los asuntos humanos nunca se acentúa en medida suficiente. Freud la explicaba en relación con el ‘principio del placer’, la tendencia de la mente a buscar la gratificación inmediata’.


¿Significa todo lo dicho que las mujeres son ‘malas’ y que los hombres son ‘buenos’? Esta es una simpleza que no merece comentario. En cualquier caso, que cada uno entienda lo que le permitan sus entendederas.


Sebastián Urbina.


PD.


Aunque en la vida hay aprovechados, de todo sexo y condición, la opción mejor es, siempre, intentar obtener el amor del otro. Claro que no siempre es posible conseguirlo. De ahí que dijera Gregorio Marañón, ‘Amar y sufrir es, a la larga, la única forma de vivir con plenitud y dignidad’.


PD.


La neurosiquiatra norteamericana Louann Brizendine ha dicho, en su libro ‘El cerebro femenino’: ‘Luego, entre los 9 y 15 años, los chicos multiplican su testosterona por 25 y el resto de la vida viven esclavizados por ella’.


Incluso si entendemos ‘esclavizados’ en sentido débil, parece que está apoyando lo que se dice en este artículo.

1 comentario:

Sonja dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.