Lenguas
mortales
15
de junio de 2026.
No le quepa duda, políglota lector, de que las
lenguas se mueren. Desde los lejanos tiempos de la torre de Babel, las
lenguas han nacido, crecido y desaparecido continuamente. No se salvó ni el
latín, una de las más importantes lenguas de cultura de la historia de la
Humanidad, la lengua de Cicerón y Ovidio, hablada y escrita durante dos
milenios por cientos de millones de personas hasta los tiempos de santo Tomás,
Erasmo, Descartes y Newton. Pero hoy es una lengua muerta. Su lugar ya no
son las bocas y las plumas de los hombres, sino los diccionarios. Y la
mataron las lenguas vulgares de la gente vulgar, porque las lenguas romances
desde Portugal hasta el Mar Negro no son más que el latín degradado por
millones de ignorantes que, por la fuerza del número, acabaron imponiendo la
ignorancia como nueva norma.
También yacen sepultadas bajo la arena de la
historia, entre otras muchas, la lengua sumeria, la egipcia, la hitita, la
picta, la etrusca, la córnica y la gala. Y de nuestra España desaparecieron
las lenguas íberas, la celtíbera, la aquitana, la tartésica, la guanche…
Hasta el español desaparecerá. Ya está
desapareciendo. Intente hablar con un veinteañero, especialmente si ha salido
de esa eficacísima máquina analfabetizadora que seguimos llamando, no sé por
qué, universidad. Comprobará que a menudo resulta difícil comprender la
extraña jerigonza que habla y que a veces parece que suena a algo parecido
al español: un vocabulario infantil, limitado, repetitivo, balbuciente,
sembrado de latiguillos como ese asombroso «en plan» y plagado de anglicismos
cosmopaletos que sus bisoños utilizadores tienen por el colmo de la
sofisticación.
Pero tampoco es para sufrir pensando que somos
menos afortunados que otros. El español desaparecerá más o menos al mismo
tiempo que el inglés, y por el mismo motivo: su vecindad en América lleva
ya muchas décadas creando un híbrido, el enervante spanglish, que ya no
es ni inglés ni español y cuya penetración en esta orilla del Atlántico se ha
acelerado desde la llegada masiva de suramericanos. Una vez más, una mayoría
de ignorantes hará desaparecer una lengua culta para sustituirla por otra
más vulgar pero más útil. ¿No es cierto, bro?
Y si las dos lenguas internacionalmente más
potentes se dirigen hacia su desaparición, no será complicado imaginar lo que
les queda de vida a las habladas por mucha menos gente. En países cuyas lenguas
no pasan de unos pocos millones, como Holanda, Dinamarca o Suecia, hace
ya mucho que se han resignado a que el inglés sea usado casi tanto como la
lengua local. ¿Recuerdan en qué cantaban los de ABBA en los años setenta?
Hasta en la multimillonaria España (multimillonaria por los cientos de millones
de hispanohablantes) el inglés gana continuamente terreno en todos los niveles
educativos con el subsiguiente retroceso de la lengua de Cervantes, acosada
simultáneamente por las regionales aunque luego no las use ni Jaungoikoa.
A pesar de los incontables dineros derrochados en
inmersiones e imposiciones desde la instauración del Estado de las Autonomías,
los hablantes habituales de lenguas regionales siguen representando
prácticamente los mismos porcentajes que hace medio siglo, como suelen lamentar
quienes tienen por oficio promoverlas como negocio propio y herramienta de
agitación separatista. En las encuestas sociolingüísticas del gobierno vasco,
por ejemplo, se refleja que el porcentaje de ciudadanos que usa el vascuence igual
o más que el español ronda el 20%. Pero la realidad debe de ser aún más
desalentadora ya que, frente a lo declarado a los encuestadores, datos como el
de cuántos vascos hacen el examen de conducir en una u otra lengua hablan por
sí solos: 98,5% frente al 1,5%, y eso que hay municipios en los que se premia
con cien euros a quienes lo hagan en vascuence.
El Instituto Galego de Estadística publicó en
octubre de 2024 los datos en los que se evidencia que el uso de la lengua
gallega disminuye imparablemente hasta entre los jóvenes, el sector más
afectado por la inmersión lingüística implantada por los sucesivos gobiernos
del Partido Popular.
En Cataluña, según explica la Encuesta de usos
lingüísticos de 2025, el uso social del catalán ha disminuido considerablemente
–entre un 12 y un 14%– en el último cuarto de siglo tanto en los hogares como
en los grupos de amigos, el comercio, la escuela y el trabajo. Y no parece
que ni Franco ni Felipe V tengan algo que ver con ello.
Pero la idolatría lingüística sigue erre que erre
y se extiende por otras regiones en las que tienen mando en plaza linguócratas
envidiosos de los sueldazos de los separatistas clásicos. Ése es el caso, por
ejemplo, de Vanesa Gutiérrez, consejera de Incultura del Principado de
Asturias, que ha proclamado que «sin la oficialidad del asturiano nos
extinguiremos como pueblo». La inmigración desatada, no. La natalidad asturiana
por los suelos, tampoco. Lo que provocará el etnocidio será la no oficialidad.
Algo parecido es lo que ha sucedido con el empeño de los separatistas, ateos y
anticristianos la mayoría de ellos, en que el papa hablara en catalán durante
su visita. Si la lengua fetiche se usa en momentos simbólicos, la nación
existe, deben de pensar los linguólatras.
Y con esto llegamos a la moraleja, porque todas
estas inmersiones lingüísticas, todas estas millonadas, todos estos esfuerzos y
todos estos lamentos no sirven para nada. No hace falta más que darse un breve
paseo por nuestras calles para comprender que las lenguas que se hablarán en
esta piel de toro dentro de una o a lo sumo dos generaciones serán el árabe, el
urdu y el suajili.
¿Le parece exagerado? Pues no tiene más que
recordar que hace unos días el presidente Macron ha señalado muy contento que el
árabe es la segunda lengua más hablada en Francia. ¡Como se entere Carlos
Martel…!
www.jesuslainz.es-LaGaceta/16/6/2026.)
No hay comentarios:
Publicar un comentario