La Unión Europea tiene una curiosa concepción de las fronteras.
La que separa Ceuta de Marruecos puede ser atravesada por decenas de miles de personas y la primera reacción europea consiste en recordarnos las dificultades de controlar los flujos migratorios, la necesidad de cooperación con los países de origen y tránsito y la conveniencia de abordar las causas profundas de la inmigración.
La frontera que separa la información correcta de la «desinformación», en cambio, merece vigilancia, protocolos de emergencia, verificadores y reuniones urgentes con las mayores compañías tecnológicas del planeta. Para esa frontera sí hay guardias.
El problema de la palabra «desinformación» es que empezó designando una cosa bastante sencilla —información deliberadamente falsa— y ha terminado convertida en un concepto extraordinariamente elástico y esencialmente ideológico: desinformar es informar de lo que no quieren que se sepa. Y, sobre todo, que no nos hagamos preguntas, que no se establezca un debate público: ¿Fue incapaz España de defender su frontera? ¿Utiliza Marruecos la inmigración como instrumento de presión? ¿Existe efecto llamada? ¿Es sostenible la actual política migratoria europea? ¿Qué responsabilidad tiene el Gobierno?
(Carlos Esteban/OkDiario/12/8/2026.)
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