domingo, 10 de julio de 2016

SUPREMO EGOISMO










SUPREMO EGOISMO.

Cuando por las mañanas temprano escucho la radio española, a veces suena una cuña comercial que no sé por qué –o sí lo sé– me deja siempre una punzada de desasosiego. En el anuncio habla una persona mayor, un abuelo, que con gran ánimo y jovialidad le dice a su hijo que se marchen tranquilos de vacaciones, que él prefiere quedarse en una residencia de ancianos, «donde estaré fenomenal».

Acabo de volver a escuchar el anuncio. ¿Por qué resulta tan triste? He imaginado de joven al hombre anciano que hoy aparcan en el asilo. Durante dos décadas largas habrá trabajado como un cabrón para sacar adelante a su actual aparcador. Pasaría noches en blanco velando sus fiebres y temores, se preocuparía por buscarle un buen colegio y por sus notas, se enorgullecería de sus éxitos y daría la cara por él en sus malos pasos. Habría hecho cualquier cosa por protegerlo y ayudarlo. Todo de manera natural, por el simple cariño innato hacia un hijo… que hoy lo arrumba para ir a aburrirse al chiringuito con una gorra de heladero a lo Sánchez, o para transitar en bermudas por la aburrida canícula de alguna capital europea.

El Papa Francisco a veces derrapa un poco con su énfasis político antiliberal, pero lo ennoblece la humanidad intuitiva de un buen párroco, que conoce el frágil material del que estamos hechos. En la era de la efebocracia, el bótox y el hedonismo de cartón, el párroco argentino mantiene una maravillosa campaña contra lo que llama «la cultura del descarte», el rechazo inmisericorde a los que quedan en los márgenes de una concepción implacable e inhumana del éxito. El desprecio a los viejos es uno de sus síntomas más agudos.

En mi infancia pude atisbar todavía los vestigios finales de la aldea gallega eterna. Pequeños rueiros de casas aisladas, con una economía de subsistencia que apenas difería de la del Neolítico. Una agricultura muy básica y unas cuantas reses, que por las noches encerraban en las cuadras tras la cocina para que calentasen con sus vahos las camas de entraña pajiza del primer piso. Pero en aquel mundo sin televisión ni teléfono (ni ducha) había un gran entretenimiento: hablar. 

En las cenas, o en las largas veladas húmedas de inverno ante la lumbre de la lareira, la familia intercambiaba el relato del día y habladurías locales. Los viejos contaban exageradas fábulas, o añosos cuentos reales con aroma de leyenda. Usualmente llevaba el mando de la casa el más anciano, muchas veces las mujeres. Un mundo misérrimo en lo material comparado con el de hoy. Pero allí estaban, juntos cada día en un nudo irrompible: abuelos, nietos, padres, bisabuelos… Se habrían estremecido ante la idea de enjaular a sus padres en el frío emocional de un asilo. Supremo egoísmo alejar al que te dio la vida.

Lo más bonito de la España del siglo XXI, lo que la diferencia de la escarcha familiar de las sociedades anglosajonas, es que ha conservado parte de aquellos nudos afectivos. El joven arrogante que hoy desdeña la experiencia y confunde lozanía con sapiencia es solo un pequeño imbécil. No sabe que una mañana cualquiera, más cercana de lo que cree, comenzará a afeitarse y de repente verá en el espejo la cara de un viejo: él.

(Luis Ventoso/ABC)