miércoles, 3 de agosto de 2016

EL INTERÉS GENERAL.








EL INTERÉS GENERAL.

Como muchos otros españoles, voté el pasado 20-D y, en los meses siguientes, tragué las correspondientes dosis de tertulias que comentaban lo sucedido y lo que- probablemente- nos esperaba. Aparte de artículos en periódicos y revistas y las declaraciones de los políticos que, supuestamente, nos representan. Pasaron los días y las semanas y los líderes de los partidos discutían como si se tratara de familias enfrentadas a la espera de repartirse un pastel, unos terrenos, o un tesoro escondido. Cada uno a lo suyo. ‘Yo a ese no le apoyo’. ‘Que se las arregle’. ‘Yo a lo mío’.  

Como es de ver, primaba el interés general por encima de cualquier otra consideración. Irritante situación que hemos tenido que soportar gracias a la mediocridad de nuestros políticos. Esto no es solamente un penoso espectáculo- del que no parecen avergonzarse- sino que tiene algunos efectos perversos. Además de no conseguir un gobierno estable, crean desánimo y desencanto en la población. ¿Esto es la democracia? Estoy convencido de que la mayoría, como yo, creemos que la democracia es el mejor de los sistemas políticos. Pero este penoso espectáculo- corrupciones aparte- crea una peligrosa irritación y hartazgo en los ciudadanos.



Llegó el 26-J. Los políticos no pidieron perdón a los españoles. ¿Por qué tendrían que pedir perdón? Porque fueron incapaces de alcanzar un acuerdo que permitiera la gobernabilidad de España. Votamos para eso, ¿no? ¿O votamos para satisfacer los intereses particulares de algún partido concreto, o el ego enfermizo de algunos políticos? Ya hemos vuelto a votar- el 26-J- y escucho parecidas exclusiones y vetos. Una repetición similar a la del 20-D.  


Quiero aclarar que no me gusta Rajoy. Creo que, con la mayoría absoluta que ha disfrutado, ha demostrado su mediocridad política. Actuó como si la gestión económica de la crisis fuese lo único importante. Como si no hubiese un gravísimo proceso independentista catalán y, encima, estos últimos días con supuestos pactos secretos-para la Mesa del Congreso- con los mismos independentistas. Y un largo etcétera. Me ha parecido un empresario que trata de salvar su nave en momentos de tormenta. Lo que es propio de un buen empresario. Pero me pregunto si España es como Mercadona, Campofrío o el BBVA.



No es ningún desprecio por estas empresas, u otras. Trato de poner sobre la mesa lo siguiente. Si España es como una de estas- u otras- empresas, Rajoy ha sido un Presidente aceptable, dado el personal que tenemos. Porque Pedro Sánchez lo habría hecho peor. Eso creo. Ya ni hablo de Pablo Iglesias.



El problema aparece si resulta que España no es como una de las empresas citadas. En el caso de que no lo sea, y yo creo que no lo es, nos vemos obligados a hablar de ‘interés general’. Aunque el buen funcionamiento de una empresa privada repercute en el bienestar general de la sociedad, por motivos que no creo necesario explicar, no trabaja para el interés general. Una empresa trabaja para su propio interés. Es lo que debe hacer. Y obtener beneficios. En otro caso, a corto o medio plazo tendrá que cerrar. Y despedir a los trabajadores.



En cambio, España, la nación más antigua de Europa, a pesar de tanto odiador identitario y fabulador de mentiras históricas, tiene intereses generales, más o menos definidos que, por supuesto, pueden cambiar con el tiempo. Como sucede con las demás naciones. ¿Acaso los líderes de Francia, Alemania, USA, etcétera, no hablan nunca del interés general de la nación que representan?



El artículo 155 de nuestra Constitución habla del que ‘atentare gravemente contra el interés general de España…’ Y el artículo 103.1, dice: ‘La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales…’

 Vamos a suponer que la Administración Pública los sirve con objetividad.  ¿Y qué sucede con los políticos? ¿No tienen que servir al interés general? No, dirá alguien. Ellos formulan los intereses generales a los que la Administración debe servir. Supongamos- para no iniciar un debate- que es así. ¿Y qué intereses generales defienden nuestros políticos cuando son incapaces de formar un gobierno estable, que es un objetivo de interés general? ¿O no lo es?

 Es cierto que Max Weber decía que los partidos políticos eran empresas para repartir cargos, pero nuestra Constitución, en el artículo 6, dice: ‘Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular…’  

¿Y representa la voluntad popular este lamentable postureo político incapaz de formar gobierno?


El interés general es sinónimo de interés público, interés social, o bien común. Y este objetivo debería estar por encima de los intereses partidistas, por muy legítimos que sean.



La política, entendida en el mejor sentido de la palabra, exige diálogo sincero con los adversarios políticos. Aunque no con los enemigos. Enemigos solamente son aquellos que quieren romper las reglas democráticas sobre las que basamos, y hemos basado hasta ahora, nuestra convivencia pacífica.

Para el resto de competidores políticos, es exigible respeto, búsqueda sincera de acuerdos (que siempre deben ser posibles entre partidos democráticos) y diálogo fundado en razones y hechos, no en exclusivismos, partidismos sectarios, o condenas ideológicas basadas en una falsa superioridad moral.



Es poco probable que el interés general de los ciudadanos surja de la reflexión excluyente de un solo partido. No en vano, nuestras democracias tienen como un rasgo estructural, el pluralismo. Es más probable que un conveniente y deseable interés general surja de la honesta e inteligente confrontación de ideas y proyectos entre los políticos, que deben tener el objetivo común de mejorar la vida de los españoles. Pues venga, manos a la obra.  Basta de vanidades, vetos y sectarismos estériles que degradan el buen funcionamiento de la democracia.

PD. Si un nuevo fracaso de los políticos-cada uno con su respectiva cuota de responsabilidad- nos obligase a unas terceras elecciones, deberían dimitir y marcharse a su casa. Al haber despreciado irresponsablemente, y por tercera vez, el interés general. Otros lo llaman tener sentido de Estado.

Sebastián Urbina.

(Publicado en ElMundo/Baleares/1/Agosto/2016.)