martes, 16 de agosto de 2016

VIVIR ENGAÑADOS.









VIVIR ENGAÑADOS.


Dice J.J. Rousseau, en su ‘Discurso sobre el origen de la desigualdad’, que los hombres naturales son capaces de satisfacer sus necesidades y, por ello, son felices. El sentimiento característico de estos hombres naturales sería la ‘piedad’, entendida como la capacidad para identificarse con los que sufren.

Rousseau añade que la apropiación de ciertas cosas, por parte de los hombres naturales, supone el fin del estado de naturaleza. O sea, cuando alguien dijo ‘esto es mío’, se convirtió en fundador de la sociedad civil. Con este paso, habríamos entrado en el proceloso mundo de la desigualdad, en un mundo de ricos y pobres. En el mundo de la propiedad privada. En un mundo de injusticias.

Ya tenemos ante nosotros los engaños. Pero ¿de qué engaños estamos hablando? Me referiré sólo a tres. No son exclusivos de la izquierda, pero encuentran en ella un terreno abonado para florecer.


En primer lugar, la ‘propiedad privada’. La izquierda, coherente con la idea de que vivimos en el infierno capitalista, siempre ha tratado de ‘liberar a la clase obrera’ de sus cadenas. La editorial Akal, publicó 'Educación para la Ciudadanía' (C. Fernández Liria, P. Fernández Liria, L. Alegre Zahonero) que dice, entre otras cosas:

'El capitalismo impone su orden totalitario con infinitamente mayor eficiencia que todos los campos de concentración nazis juntos'.

Pero los trabajadores, en general, no han hecho caso de ‘sus intereses objetivos’ y no han sido partidarios del revolcón revolucionario y emancipador. Han preferido ventajas y comodidades materiales. ¡Qué asco! Y de ahí han pasado ¡qué horror! al consumismo. No al comunismo. Es duro tener que aceptar los hechos. Los adversos quiero decir. Por eso la izquierda suele negar las evidencias que no le interesan. De ahí su afición a la mentira. Y a la utopía.

No es casual que el economista F. Hayek argumentase que, sin propiedad privada, se crea una dependencia del Estado, tan grande que nos convierte prácticamente en esclavos. Por tanto, la propiedad privada no es sólo que facilite el crecimiento económico, sino que es, además, una garantía de libertad frente a la tentación totalitaria del Estado.

Según Johan Norberg: ‘La experiencia demuestra que las clases más pudientes no son las más beneficiadas en la salvaguardia de la propiedad privada. A menudo ocurre a la inversa: los ciudadanos de menos medios son los que tienen más que perder en una sociedad en la que no se garantiza la propiedad privada’



En segundo lugar, la ‘piedad’.

Este maravilloso sentimiento, ligado a la compasión y la misericordia hacia los que sufren, es propio de comunidades pequeñas. En ellas hay una fuerte cohesión social, estrechos lazos de parentesco y muy débil división del trabajo social, entre otras características. Dado que el individuo, tal como lo entendemos hoy, no puede existir en este contexto (aparecerá mucho más tarde), necesita la piedad y la ayuda de los demás para sobrevivir. Todos se necesitan a todos. Forman una gran familia. Sólo así pueden sobrevivir a los peligros del hambre y los ataques foráneos. 

En este contexto podemos hablar de ‘moral cálida’, típica de estas comunidades pequeñas y fuertemente cohesionadas. Ahí tenemos el segundo engaño de la izquierda y la derecha acomplejada. O sea, tratar de trasladar esta ‘moral cálida’, de las comunidades pequeñas al ámbito de nuestras sociedades extensas actuales. Este intento (creación del ‘hombre nuevo’, como actualización del ‘buen salvaje’) siempre ha terminado en opresión, fracaso y mentiras.



Es decir, los conocidos y sangrantes ejemplos del ‘socialismo realmente existente’ y derivados. La gente ‘de izquierdas’, que vive en sociedades democráticas y capitalistas, finge ‘añorar’ este mundo feliz y cohesionado, en que todo es de todos. Pero es sólo una pose y un engaño más de su falsa superioridad moral.    

Finalmente, el ‘interés común’.

 No es de buen tono progresista hablar de ‘interés común’ sin criticar, al mismo tiempo, el cruel individualismo que nos invade. La izquierda clásica atacaba, no sólo la economía de mercado sino el sistema institucional que le servía de legitimidad. Lo llamaba la ‘superestructura ideológica’. Por su parte, la izquierda contracultural afirma que el sistema capitalista, en su conjunto, es opresivo porque tiene mucha capacidad para integrar las protestas. Tan es así, que H. Marcuse (en 1965) acuñó la expresión ‘tolerancia represiva’ para referirse a esta característica del capitalismo. No es fácil superar una expresión tan estúpida.

En fin, la propiedad privada sería fuente de innumerables males, como el egoísmo y la insolidaridad, que impedirían la aparición del ‘interés común’. Bien es cierto que puede sonrojar (a la gente decente) la utilización de ejemplos como el de Cuba, Corea del Norte y similares, en los que está proscrita la ‘propiedad privada’ de los medios de producción. Aunque en estos ‘paraísos comunistas’ tienen mucho ‘interés común’. O sea, el interés común de huir lo más rápido posible.

En las sociedades extensas y democráticas actuales, obligar al ‘interés común’ sólo puede hacerse con opresión, fuerte control estatal y pérdida de libertades individuales. Esto es así porque hay, en tales sociedades extensas y democráticas, una gran variedad de intereses, a veces contrapuestos, que deben respetarse. Algo que la izquierda emancipadora no quiere, porque exige ‘salvarnos’ de nuestras propias miserias.

En las sociedades extensas y democráticas actuales, el respeto mutuo y los derechos han sustituido a la ‘moral cálida’, salvo algunas excepciones.

Pero si uno escucha el desprecio con que la izquierda, en general, habla del mercado, la propiedad privada y el individuo, parece que la izquierda añora la tribu cálida y cohesionada de los tiempos primitivos en que todo era de todos. ¿O es sólo de boquilla?  

Este es el tercer engaño. La ‘moral cálida’ sólo pervive, en nuestras sociedades extensas, en las familias bien avenidas, en la amistad íntima y en personas como Teresa de Calcuta y similares. Así que no engañen más, ni vivan engañados. Y no se crean moralmente superiores. No lo son. Por mucha demagogia que le echen a la cosa.

Sebastián Urbina.

(Publicado en ElMundo/Baleares/12/Agosto/2016.)