lunes, 20 de marzo de 2017

SONRISAS IGNORANTES








SONRISAS IGNORANTES.


Releyendo a J.C. Nino, uno de los mejores filósofos del Derecho que ha tenido Argentina, me vino a la memoria algo que sucedió, hace ya bastantes años, en la Universidad (UIB), en la que pasé mi vida académica.

Estábamos reunidos varios profesores, de diferentes Facultades, para tratar cuestiones relativas a la financiación de docencia e investigación. Antes de iniciar la sesión, a la espera de que llegaran algunos de los profesores convocados, se desarrolló una conversación entre los presentes. Alguno de los profesores de ciencias habló de la cientificidad de algunas asignaturas y estudios, frente a la no cientificidad de otras materias.

Muy resumidamente, se dejó entrever que el ámbito de los ‘no científicos’ no necesitaba dinero para la investigación porque no había nada que investigar. El Derecho, por ejemplo, era una cuestión estrictamente práctica y lo máximo que necesitábamos los profesores de Derecho, era papel y lápiz.

El concepto de ‘ciencia’ no es una cuestión pacífica, ni sencilla. Sólo diré que una cosa es el ‘Derecho’, que nunca puede ser una ciencia dado que es un conjunto normativo y otra cosa son los lenguajes que hablan ‘acerca del Derecho’. En resumen, el lenguaje del Derecho no es ciencia (porque es de carácter normativo) pero se plantea el nivel de objetividad de un metalenguaje supuestamente descriptivo, es decir, un lenguaje que habla del lenguaje del Derecho. Por ejemplo, la Dogmática jurídica, la Historia, Sociología y Filosofía del Derecho.

Sea como sea, acababa de recibir varios ejemplares de la revista Ratio Iuris, la revista de mayor prestigio internacional en Filosofía del Derecho. Había publicado un artículo en esta revista, titulado ‘The existence and life of law’. Abrí el paquete y saqué un ejemplar. Suele pasar bastante tiempo entre que se acepta un artículo y se reciben los ejemplares. Por cierto, en esta revista hay una rigurosa y anónima selección de los artículos.

¿Por qué digo esto? Porque dos de los profesores de ciencias, que estaban en la reunión, echaron una mirada a la portada de la revista, leyeron el título que acabo de citar y, sin darse cuenta de que yo les veía, esbozaron, entre ellos, una cómplice sonrisa de superioridad.

No crea el lector que todos los profesores de ciencias son iguales. Recuerdo a mi amigo, José Miró, catedrático de Física. Una persona culta e inteligente. Muy interesada por el Derecho y por los lenguajes que hablan del Derecho.

Dicen que la ignorancia es atrevida. Creo que sí. Pero me limitaré a sugerir algunos interrogantes. Si estas cuestiones son tan fáciles, que dan risa, tal vez usted pueda responder sin dificultad.

Por ejemplo, damos por supuesto que no podemos tocar una norma jurídica, como tocamos una silla. ¿Diremos, en consecuencia, que las normas jurídicas no existen? Pero no hablemos de ‘tocar’, hablemos de ‘ver’. Tal vez podríamos decir que no podemos tocar una norma jurídica, pero la podemos ver. ¿Es cierto?

Hay un problema. Tal vez recuerden la diferencia entre las oraciones y las proposiciones. Veamos tres oraciones diferentes: ‘Llueve’, ‘Il pleut’, It is raining’. Estas tres oraciones están formuladas, respectivamente, en español,  francés, e inglés. Pero, a pesar de tratarse de tres oraciones diferentes, significan lo mismo. Es decir, expresan la misma proposición. Lo que nos remite al problema de si podemos ver las normas. Sí, podemos ver letras de color negro escritas en un papel.

Pero ¿podemos ver su significado? Antes de que podamos ver algo, parece de sentido común saber en qué consiste este algo. Por ejemplo, ¿puedo ver una jirafa si ignoro absolutamente la existencia de las jirafas? Supongamos que veo una jirafa. ¿Qué veo si no tengo el concepto de jirafa?  

Ahora bien, si pretendemos saber qué es el ‘significado’ de una oración nos meteremos en unas complejas arenas movedizas. Para nuestros efectos, basta saber que podemos vincular significado a intención, definición, implicación….

Ya sabemos algo más. Sabemos que las cosas no son tan fáciles como parecían al principio, cuando la respuesta fue una sonrisa de superioridad. Pero ¿qué podemos hacer con cosas que no podemos ver ni tocar? ¿Es esto serio? ¿Acaso no deberíamos estudiar cosas reales?

Recordemos, aunque sea de pasada, algunos errores comunes. Por ejemplo, creer que la ciencia empieza por la observación de la realidad, o que la observación de la realidad es un fundamento seguro del conocimiento. Pero no es así, porque los enunciados observacionales (los enunciados con los que registramos nuestras observaciones de la realidad) son tan falibles como las teorías en que se basan tales enunciados observacionales. Por tanto, no accedemos directamente a la realidad, como cree el conocimiento de sentido común. Accedemos a través de una metafórica lente, que llamamos teoría. Que puede ser muy simple o muy compleja. Y que también puede ser falsa. Normalmente, la teoría de la mayoría de la gente es simple. La de Newton o Einstein, por ejemplo, son complejas.

Sólo dos breves citas y voy a la conclusión. Dice A.Einstein: ‘En la medida en que las leyes matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas; y en la medida en que son ciertas, no se refieren a la realidad’.  

 S. Hawking nos dice: ‘Nuestra galaxia y las otras galaxias deben contener, no obstante, una gran cantidad de ‘materia oscura’ que no se puede ver directamente, pero que sabemos que debe existir, debido a la influencia de su atracción gravitatoria sobre las órbitas de las estrellas en las galaxias’.

Los subrayados son míos. Y llegamos a la conclusión. Es verdad que ‘derecho’, norma jurídica’ y otros conceptos, no se corresponden a entidades físicas como sillas y mesas. Tampoco, por cierto, la lógica o la matemática. Pero, en todo caso, el Derecho es un lenguaje normativo complejo, que expresa que hay ciertas conductas obligatorias, prohibidas o permitidas en ciertas circunstancias. El Derecho es un concepto clave de la naturaleza social del hombre. Hasta tal punto que, en su ausencia, seríamos muy diferentes de cómo somos ahora, como individuos y como sociedad.


Sebastián Urbina.

(Publicado en El Mundo/Baleares/17/Marzo/2017.)