domingo, 25 de septiembre de 2016

CERTEZA E INCERTIDUMBRE.









CERTEZA E INCERTIDUMBRE.

Dice S. Toulmin que la estrategia de Leibniz (S. XVII) para trascender el babel de doctrinas que habían ayudado a la dramática guerra de treinta años (1618-1648) era conseguir una lengua universal y un método riguroso común a todos, con independencia de las diferentes culturas.

Frente a este planteamiento, los humanistas como Michel De Montaigne, Erasmo de Rótterdam o Francis Bacon, entre otros, aconsejaban a sus lectores que vivieran en la ambigüedad y la incertidumbre, ya que la certeza absoluta era un falso ídolo.

Estoy del lado de los humanistas, pero hay algún ‘pero’ que comentar. Estoy de acuerdo en que el camino que va del Cratilo de Platón al Círculo de Viena, pasando por Leibniz, Descartes, y otros, no es el camino adecuado. Además, el intento de copiar el modelo de las ciencias naturales y aplicarlo a las ciencias sociales no ha dado los resultados esperados.

Como dice Mario Bunge: ‘La búsqueda de una certidumbre definitiva y tranquilizadora- tan intensamente anhelada por los espíritus débiles- ha sido reemplazada por la minimización del error, que es más fácil de descubrir que la verdad’.

Estando de acuerdo con la posición de Bunge y de los humanistas del siglo XVII, planteo el siguiente problema. Supongamos que hemos decidido actuar en consecuencia y, (en Europa al menos) no se prohíbe la desigualdad jurídica entre hombres y mujeres, ni los castigos corporales a las mujeres, ni la ablación femenina, ni otros aspectos de la cultura islámica.

¿Es correcto? Dado que hemos rechazado el planteamiento citado de lengua universal y método común y riguroso y hemos aceptado la incertidumbre ¿se sigue que deberíamos aceptar estos rasgos de la cultura islámica en nuestras sociedades democráticas europeas? ¿Deberíamos actuar así, dado que hemos considerado que nuestro mundo es el de la ambigüedad y la incertidumbre?

Y, en esta línea de pensamiento, hemos rechazado, como quimeras, tanto la lengua universal como un método común y riguroso. O sea, hemos rechazado las verdades universales. Entonces, solamente habría verdades particulares. En el mejor de los casos. Tal vez sólo incertidumbre. O sea, mi verdad, tu verdad, etcétera. Un ejemplo. ¿Le parece bien ahorcar a los homosexuales? No. Bueno, es solamente su verdad. ¿Es por ahí que debemos caminar?

Pero Wittgenstein nos decía que la duda reposa en la certeza. Dudar es una actividad que exige llegar a un final. Por eso el que no deja de hacer preguntas, no se somete a las reglas de esta práctica comunicativa que consiste en dudar. Solamente los niños preguntan sin parar. Una persona adulta (que ya ha interiorizado el juego de lenguaje de la duda) sabe que hay que parar en algún momento. Con otras palabras, no podemos dudar de todo, todo el tiempo. Y si lo hacemos, nos situamos fuera de esta práctica comunicativa de la duda.

Sin embargo, a pesar de lo dicho no hemos resuelto el problema inicialmente planteado. ¿Deberíamos permitir, en las democracias europeas, la desigualdad jurídica entre hombres y mujeres, la ablación femenina, ahorcar a los homosexuales, cortar la mano a los ladrones, etcétera? Porque podría suceder que después de dudar todo lo que haga falta, los demócratas europeos y los islamistas radicales, llegásemos a conclusiones diferentes. 

 ¿Qué hacer? ¿Aceptar que estamos atravesados por la ambigüedad e incertidumbre y, en consecuencia, no atrevernos a prohibir nada en nombre de valores universales?

Llegados a este punto, creo que debemos hablar de ‘forma de vida’. Aunque esta expresión de Wittgenstein tiene diversas interpretaciones, no es mi interés en este artículo avanzar en este terreno. Solamente decir que ‘forma de vida’ se refiere a formas humanas de vida (no a una única e inmutable forma de vida), vinculadas a lenguajes, contextos históricos y actividades humanas de todo tipo.

Dicho esto resulta fácil colegir que los resultados van a ser diferentes, al menos en algunos aspectos, como lo ya mencionados. Por ejemplo, respetar, o no, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres. O separar la Iglesia del Estado. O permitir la ablación femenina. Etcétera. ¿Y qué tenemos que hacer si llegamos a conclusiones tan diferentes, resultado (supuestamente) de formas de vida diferentes entre los demócratas europeos y los radicales islamistas?

Cuando los participantes en una forma de vida aceptan actividades y conceptos que chocan frontalmente con la base teórica y valorativa que sustenta y justifica su propia sociedad, sus propias instituciones, y sus propias vidas, se están poniendo en grave peligro. 

¿En qué sentido? En el sentido de que estarían barriendo la tierra debajo de sus pies. Estarían eliminado las bases justificatorias de su propia convivencia social. Estarían perdiendo su propia identidad. Estarían aceptando lo que consideran radicalmente injusto.

¿Deberían aceptarlo? ¿Por qué? Solamente una sociedad dispuesta al suicidio (más o menos consciente) podría actuar de tal modo. Tal vez un ejemplo ayude a comprender mejor lo que quiero decir. Imaginemos, por un momento, que nuestro entorno físico y espiritual es como el de un país musulmán, que aplica la sharía. Imaginemos un entorno lleno de mezquitas en nuestros pueblos y ciudades. Lleno de mujeres con burka que pasean por las calles. Acompañadas obligatoriamente por el marido, o un familiar. Imaginemos que nuestra declaración como testigos, en un juicio, vale el doble que la declaración de una mujer. Imaginemos que todas las mujeres deben llevar burkini en piscinas y playas, etcétera. ¿Por qué deberíamos aceptarlo? Piénselo.

¿Cree que es tolerancia aceptar determinados comportamientos que consideramos brutales e injustos, como la ablación del clítoris? ¿O cortar la mano al ladrón? ¿O ahorcar a los homosexuales? ¿Cree que es tolerancia aceptar la desigualdad jurídica entre hombres y mujeres? ¿O casar a niñas con hombres adultos?

 Piénselo. No trague toda la demagogia que expanden muchos políticos y creadores de opinión. No se deje engañar por la ‘dictadura de lo políticamente correcto’. Atrévase a pensar por sí mismo. Y piense si todo es, y debe ser, ambigüedad e incertidumbre. ¿Le gustaría vivir así?

Creo que no.

Sebastián Urbina.

(Publicado en ElMundo/Baleares/23/9/2016.)