viernes, 11 de noviembre de 2016

LA ÚNICA POLÍTICA POSIBLE.











LA ÚNICA POLÍTICA POSIBLE.
 
Allá por los tempranos noventa se puso de moda decir que “no hay más que una política económica posible”. El dogma nació en algún momento entre Clinton y Blair, entre Felipe y Aznar. Anthony Giddens lo vistió con el ropaje intelectual progre de la “tercera vía” y así amaneció lo que hoy llamamos “consenso socialdemócrata”, que ha llevado a todos los "partidos-poder" occidentales a ser versiones locales del Partido Demócrata de los Estados Unidos (¿hay que señalar el ejemplo del PP?). 

 Insensiblemente, el dogma de la “única política económica posible” se extendió a todo lo demás: una sola política exterior posible (al servicio de la globalización), una sola política militar posible (al servicio de la globalización), una sola política social posible (al servicio de la globalización). ¿Y qué era la “globalización”? Un proceso técnico de intercomunicación económica y social que el poder transformó en proyecto de dominación universal.

 “Gobernanza global”, lo llamaron. Y en esa atmósfera ha venido anegándose el mundo durante los últimos veinte años.
Pero el mundo no es uno (culturalmente hablando), ni las naciones son una ni los hombres son el mismo por todas partes, de manera que era ontológicamente inevitable que el globo estallara. Ha estallado porque era contra natura.

 Son contra natura la transformación de las economías nacionales en meras sucursales del gran tinglado financiero mundial, el incendio de medio mundo en guerras demenciales, el desbordamiento de masivos movimientos humanos sin control, el vaciado de las identidades culturales y la imposición universal de ideologías expresamente dirigidas a invertir la condición humana. Durante muchos años, la ilusión de la prosperidad y el incesante masajeo de unos medios de comunicación puestos al servicio del gran proceso han logrado ocultar la evidencia. Ya no.

Es muy pronto para saber qué significa la victoria de Trump, pero sí es posible decir ya qué significa la derrota de Clinton: el final de la fe en esa “única política posible”, de la fe en el dogma de la globalización. Porque no hay una única política posible. Ni en lo económico ni en todo lo demás. La política es, por definición, un repertorio de respuestas concretas a problemas objetivos. Por consiguiente, será necesario aplicar tales o cuales políticas en función de las condiciones materiales de cada comunidad, condiciones que abarcan desde la circunstancia del tejido socioeconómico hasta la identidad cultural.

Los procesos de integración supranacional, la construcción de grandes espacios económicos o la creciente comunicación intercultural son hechos objetivos que no hay por qué frenar, evidentemente, pero tienen un límite: el interés concreto de las comunidades políticas y de las personas que las constituyen. 

Algunos creemos que una pluralidad de naciones libres que democráticamente organizan su presente y su futuro es sustancialmente mejor que un mundo homogéneo regido despóticamente por una tecnocracia anónima. Dicho en otros términos: creemos que no hay una única política posible. Eso, hoy, es una revolución. Seamos, pues, revolucionarios.

(EDit. La Gaceta.)