jueves, 17 de noviembre de 2016

LA TRAICIÓN DE MARGALLO.





 (Pasen y lean. Afortunadamente, este bobito- qué suave soy- ha sido defenestrado.)



LA TRAICIÓN DE MARGALLO A LOS ESPAÑOLES.

Es de agradecer la incontinencia verbal del exministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo y Marfil, Margallo para abreviar, por las jugosas evidencias y confidencias que fluyen en la narración de su ajuste de cuentas con Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría.

 Que hacía lo que le daba la gana y como le daba la gana era una cosa obvia porque entre las virtudes de Margallo no constan la discreción ni la diplomacia.

Como por amistad con Rajoy había sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores, se volcó en el proceso catalán y dejó en el aire la pregunta de qué parte del concepto asuntos exteriores no comprendía. Fue el primer punto para los separatistas. Y el presidente del Gobierno, en vez de llamar a capítulo a su buen amigo, le dejó hacer, en uno de esos arrebatos de pereza y dejadez típicos del prócer compostelano.

La incursión de Margallo en la política catalana ha sido catastrófica, una auténtica puñalada trapera a quienes defienden que Cataluña es España, que las leyes están para cumplirlas, no para saltárselas, y que el nacionalismo destila mentiras y provoca odio, división y pobreza, salvo para quienes viven de eso. Una traición a España. Sí, así es. El tipo que hablaba en nombre del Gobierno con quienes quieren romper España está de acuerdo con ellos y no se corta en proclamarlo.


En una entrevista publicada por La Vanguardia, Margallo se muestra partidario de la reforma de la Constitución porque eso, sostiene, facilitaría el encaje catalán y contrario a que la Justicia investigue a quienes desobedecen las leyes. El exministro ha comprado la mercancía nacionalista y se cree lo del expolio fiscal, el maltrato lingüístico y toda la vaina. Está abducido por la propaganda del régimen catalán, y era el responsable de hablar en nombre del Ejecutivo. Para habernos matado, si es que no estamos muertos y en ocasiones vemos muertos.

¿Que no? Ahí va la respuesta a la pregunta de si está de acuerdo con la "judicialización del conflicto". Margallo:
No, porque el partido no se juega en casa, se juega fuera. Ahí está mi ­amigo Romeva intentando predicar fuera la buena nueva de la secesión, y yo he intentando predicar la ­buena nueva de España. Y en segundo lugar, para que la unidad de España se mantenga debe basarse en la cordialidad, debe ser asumida por el corazón, porque estamos ­discutiendo sobre afectos, es una cuestión emocional, por eso además de aplicar la norma hay que ­hacer una política de aproximación y eso pasa por tener en cuenta los motivos de desafección: la sen­tencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, el tema de la lengua y la cultura, y el sistema de finan­ciación, que es un disparate.

Hay que hacer gestos de aproximación, de simpatía, de cariño, para demostrar que no hay nada más falso que eso de que España no nos quiere.
Pero por favor, señor, ¿de qué lengua y de qué financiación estamos hablando? ¿Qué dice de Romeva? ¿Qué es eso de que el partido se juega fuera?

Resulta que Margallo coincidió con Raül Romeva, el minister catalán al que sólo reciben los fascistas noruegos, y con Oriol Junqueras en tiempos de todos ellos como eurodiputados. Se hicieron colegas y sobre tal cosa Margallo se creyó un reputado catalanólogo.

 De ahí que no le hiciera falta escuchar a nadie de su partido o de Ciudadanos en Cataluña ni atender más perspectiva que la de sus "fuentes" nacionalistas, buenos chicos y cuántos recuerdos europeos. Mientras el nacionalismo trataba, y trata, de aplastar todo conato de disidencia unionista contra el proceso, Margallo tiraba de la cuerda en el sentido contrario al que cabía suponer de su pertenencia al Ejecutivo español.

Margallo tal vez no se haya dado cuenta ni el PP le va a exigir cuentas, pero el párrafo entrecomillado es meridiano. Ese hombre está convencido de que los separatistas tienen razón, y estaba dispuesto a bajarnos los pantalones para que sus amigos remataran la faena. 

Por mucho cinismo que haya en la política, esto es un auténtico escándalo. Si Margallo sigue de diputado, que no debería después de lo que ha soltado, en nada comulgará con Rufián. ¿O ya son amigos?

(Pablo Planas/ld.)
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