viernes, 11 de noviembre de 2016

VIVIR Y MORIR.









VIVIR Y MORIR.

Este mundo sería distinto si la gente pensara más en la muerte. Si la tuviéramos más presente, los humanos, o mejor dicho los mortales, como dirían los griegos, no malgastaríamos nuestra vida en trabajos insulsos, no nos enfadaríamos por gilipolleces, o perderíamos el tiempo en bobadas.

Todo carece de importancia cuando la muerte está asomando la nariz. Voy a repetir curso, me ha dejado la novia, estoy gorda, me estoy quedando calvo, no me han seleccionado para este puesto... todo son memeces si las comparamos con la muerte. 

Pensar en la muerte te lleva inevitablemente a pensar en la vida y a ser consciente de que tienes que aprovechar cada día porque mañana puede que ya no estés aquí para contarlo. La maceta en la ventana nos acecha a todos y es el azar el que decide quién va a ser el siguiente. No tenemos control sobre nuestro destino de ahí que lo más razonable sea aprovechar intensamente cada momento. La vida no es más que un instante.

Dicen que los niños se creen inmortales y es la conciencia de la muerte la que nos hace madurar. Pero miro a mi alrededor y son muy pocos los que se toman en serio a la muerte, son muy pocos los que dejan de ser niños. La mayoría de gente se cree inmortal, o actúa como si lo fuera.

Sólo cuando la muerte nos mira de frente o pasa por nuestro lado le dedicamos nuestros pensamientos y actuamos en consecuencia. Es entonces cuando pensamos seriamente en la vida.

Y si es tan importante ¿por qué no se habla más de ello? ¿Por qué la sociedad se empeña en ocultarla? ¿Quieren que nos olvidemos de que somos mortales? ¿Quieren que malgastemos nuestro tiempo estúpidamente? 

Aunque es un tema muy serio en el que nos va la vida, es comprensible que la gente prefiera no pensar en ella. La muerte nos provoca miedo, pánico, nos tiene aterrorizados. Como nadie ha vivido para contarlo es tremendamente misteriosa y los mortales hacemos lo que podemos para consolarnos, o no pensar en ella. Unos se hacen religiosos, otros se hacen adictos a algo para no pensar en ello, o se evaden de variadas maneras. Son pocos los valientes que se atreven a mirarla a la cara.

Sin embargo, la inmortalidad parece que no es tan atractiva, o por lo menos eso dicen los vampiros. El hecho de que nuestra existencia tenga un final hace que la valoremos más. La no vida hace que disfrutemos la vida. Todo es tan mágico y azaroso que no es raro que se compare la vida con un sueño. Un juego donde el azar determina la suerte que hemos tenido algunos de poder participar.
Como dice Albert Camus, sólo hay un problema filosófico realmente serio y es el de juzgar si la vida merece ser vivida. Pero, tal vez haya más de un problema filosófico serio. Uno de ellos es el que dice Camus. Pero hay otros. ¿Quién soy? ¿Qué debo hacer? Son otras importantes cuestiones a reflexionar.

Pero, en todo caso, es cierto que la gran mayoría de la gente vive al ‘margen’ de la muerte. Creo que esto tiene que ver con Jeremy Bentham. Decía el fundador del utilitarismo que somos esclavos de dos señores: el placer y el dolor. Queremos el placer y rechazamos el dolor. Por eso miramos para otro lado cuando se nos aparece la muerte. Estoy de acuerdo con Bentham, aunque no completamente. Pero esto, para otra ocasión.

 En una película de Woody Allen (Hanna y sus hermanas), el protagonista (él mismo) tiene dolores de cabeza y decide visitar al médico. Después de las oportunas revisiones le dicen que está bien pero que es posible que haya algo… Aunque el médico no le da importancia.

Pero Woody se aterroriza y cree que la muerte está al caer. Todo pierde sentido ante la cercanía de la muerte. Incluso abandona su trabajo en una televisión. Visita diferentes confesiones religiosas porque no quiere seguir sufriendo. Espera que alguna religión le dará consuelo y podrá entrar, en paz y sosiego, en la casa de la muerte.

Pero no. No lo encuentra. Y no lo encuentra porque no es posible. Porque los humanos podemos planificar racionalmente el logro de algunas cosas (como ser un buen carpintero, por ejemplo) pero no otras, que Jon Elster llamó ‘subproductos’.

Los subproductos no se consiguen con un esfuerzo de voluntad acompañado de una planificación racional. Por ejemplo. No puedo decir: ‘Mañana me enamoraré de Pepita’’, o bien, ‘Tendré autoestima el mes que viene’.  Estas cosan no dependen de mí. Y, por ello, son subproductos.

Y volviendo a la muerte ¿qué deberíamos hacer con ella? Creo que no deberíamos tenerla presente todo el rato. ‘Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero’. Lo respeto, pero es demasiado. No todo el mundo puede ser Teresa de Ávila. Tampoco me interesa una constante preocupación laica por la muerte. En el otro extremo, están los que no quieren saber que somos seres mortales, y que la muerte acecha. En cualquier parte, en cualquier momento. Esconden la verdad y tratan de engañarse a sí mismos. 

Yo trato (y respeto lo que hagan los demás para sobrellevar la carga) de vivir sabiendo que, tal vez, mañana sea el día. Procurando no agobiarse. Pero hablemos, brevemente, de las diferentes reacciones ante el anuncio de una cercana muerte. Al respecto, recuerdo una película del director Kurosawa (Vivir). El protagonista, un oscuro funcionario japonés, va al médico y le dice que morirá de cáncer en pocos meses. ¿Qué hará en lo que le queda de vida? ¿Qué significa ‘aprovechar el tiempo’?  ¿Hincharse a comer gambas, juerga a destajo y sexo a tope?

El que fuera profesor de Harvard, Robert Nozick, decía que aprovechar el tiempo, en el sentido que estamos comentando, es dar lo mejor de nosotros mismos.

Parece la mejor despedida.

Sebastián Urbina.

(Publicado en ElMundo/Baleares/4/Noviembre/2016.)