miércoles, 23 de noviembre de 2016

TRUMP Y LOS ROJOS


 (Los rojos de diverso pelaje están haciendo méritos para ver quién es más rojo. O sea, quién insulta más a Trump. Sus capacidades mentales no dan para más. Recuerdo que cuando Bush consiguió la Presidencia de USA Tom Wolf escribió un artículo riéndose del rojerío norteamericano y de sus amenazas de marcharse del país. No hicieron nada de nada.

A pesar de que, según dijo, les esperaría en el aeropuerto para despedirles.

 ¿Quiere un buen curriculum de progre? Insulte mucho a Trump. ¿Los hechos? Una vez que Trump ha sido condenado como 'un puto facha' por el rojerío, no hay más que decir. Y si usted se atreve a matizar algo, no condenatorio, es que, también, es un puto facha.)










TRUMP SÓLO ES UN APRENDIZ.
 
Contra lo que predican a diario los agoreros del Apocalipsis, la victoria de Trump en Estados Unidos en ningún caso va a suponer un "retorno" del proteccionismo. Y es que difícilmente podría retornar algo que nunca se fue. Como China y la Unión Europea, los Estados Unidos anteriores al desembarco de Trump jamás abandonaron las políticas proteccionistas para, entre otras cosas, tratar de defenderse de los estragos sociales provocados por el libre mercado global. Dejando al margen la retórica librecambista al uso y los preceptivos discursos propagandísticos en defensa del laissez faire, lo cierto es que Reagan, Clinton, los Bush y Obama fueron, de hecho, proteccionistas. Eso sí, proteccionistas discretos y al vergonzante modo. 

Al cabo, cuanto viene verbalizando Trump, demasiadas veces con brutal franqueza, a propósito del muy particular y particularista interés económico nacional de Norteamérica, en el fondo, era compartido en silencio por sus antecesores inmediatos

Y otro tanto procede decir, por cierto, de todos esos consternados dirigentes europeos que estos días andan derramando lágrimas de cocodrilo por el mismo asunto. Porque hay muchas maneras, muchísimas, casi infinitas, de aplicar políticas económicas proteccionistas en la realidad cotidiana de los países. Por ejemplo, establecer un impuesto a las importaciones remite a una de las formas más obvias de hacerlo.

Aunque cabe un proceder aún mucho más agresivo a fin de lograr idéntico propósito: fijar un impuesto sobre todas las importaciones combinado y reforzado con una subvención paralela a todas las exportaciones del país en cuestión. Si no quieres caldo, dos tazas. Los defensores militantes del libre comercio, huelga decirlo, se echarían las manos a la cabeza escandalizados ante semejante ataque frontal a los principios del liberalismo económico. Pues bien, justamente eso es lo que han venido haciendo durante lustros tanto los europeos como los norteamericanos y los chinos. Porque depreciar de modo consciente y deliberado la propia divisa es algo que tiene el mismo efecto práctico, exactamente el mismo, que combinar un impuesto universal sobre las importaciones con una subvención general a las exportaciones. 

 Por tanto, cuando se miente con horror el pretendido retorno del proteccionismo, lo primero que procede hacer es buscar con la mirada a Mario Draghi y sus tan célebres y celebradas operaciones de mercado abierto. Y lo segundo, girar la vista hacia los muy ortodoxos y respetables gobernadores de la FED nombrados por los nada populistas Reagan, Clinton, Bush y Obama. Del Banco Nacional de China, mejor ni hablar. Trump solo es un aprendiz.

(José García Domínguez/ld.)

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