miércoles, 23 de noviembre de 2016

PODEMOS: NI UN MINUTO DE HUMANIDAD.






 PODEMOS: NI UN MINUTO DE HUMANIDAD.


Es innegable que Rita Barberá cambió Valencia -y la percepción que se tenía de la ciudad en toda España- en sus casi 25 años como alcaldesa. Su gestión durante tanto tiempo en una alcaldía tan importante es algo que será muy difícil de repetir en España y hay que recordar que durante ese tiempo obtuvo cinco mayorías absolutísimas, cuatro de ellas superando el 50% de los votos –y en la quinta quedándose en un no menos impresionante 49%-.

En el día de la muerte de Rita Barberá hay que reconocer que la capital del Turia mejoró mucho durante ese tiempo en el que ella fue alcaldesa, como lo hicieron otras ciudades de España, desde luego, pero probablemente en pocos casos de una forma tan espectacular. De hecho, el enorme apoyo popular que recibió elección tras elección -incluso en 2015 fue la candidata más votada- sólo puede reflejar una gestión en la que habrá sombras, como en todo, pero en las que las luces eran mucho mayores.

Este reconocimiento no implica obviar que Barberá atravesó episodios negativos tanto en su gestión como en su vida como personaje público, además de que, tal y como muchos han defendido sin caer en la persecución ni en el maniqueísmo, probablemente debería haber dejado la vida política hace algunos meses: porque tras las elecciones municipales de 2015 había pasado su tiempo y también porque el problema judicial en el que se encontraba inmersa había generado una responsabilidad política que, de haber asumido, habría supuesto un final mucho mejor a esa dilatadísima carrera política de la que hablábamos.

No obstante, compartir que probablemente Barberá no dio el mejor final posible a su carrera tampoco nos lleva a justificar la atroz persecución personal que sufrió la exalcaldesa en los últimos tiempos. Una auténtica cacería completamente desmesurada, con una doble vara de medir vergonzosa en la que periodistas, medios y políticos se han arrastrado por un lodazal para conseguir una miserable ventaja política, machacando a Barberá por un caso de muy escasa relevancia mientras se perdonan a otros corrupciones mucho mayores y mucho peores.

Un linchamiento al que no han sido ajenos muchos en su propio partido que ahora glosan la figura de la política valenciana, pero que en su momento le dieron un trato infame no ya en lo político, sino también en lo personal. Una vez más este PP ha perdido una ocasión de mostrar algo de grandeza.

Capítulo aparte merece el comportamiento indigno, lamentable y vomitivo de Podemos en el Congreso. Trasladando al hemiciclo la conducta repugnante a la que por desgracia ya nos están acostumbrando las redes sociales –y que por supuesto se ha vuelto a repetir- Pablo Iglesias y los suyos han demostrado no sólo que su odio es tan grande como para perseguir a un rival político más allá de la muerte, sino que son incapaces de distinguir la política de los mínimos gestos de humanidad que alguien como Rita Barberá merecía, estuviese imputada o no.

Pero para aquellos que no dudan en homenajear a dictadores genocidas siempre que sean de extrema izquierda, desde Chávez hasta Lenin pasando por el Che Guevara; para los que en esa misma cámara piden la libertad de delincuentes violentos como Bódalo o Alfon; para los que no tienen ningún reparo en compadrear con terroristas condenados, guardar un minuto de silencio por una alcaldesa democrática era demasiado, era desperdiciar la oportunidad de otro gesto propagandístico que ellos creen que puede acercarles un milímetro más al poder. Eso –y no la corrupción o la limpieza de las instituciones ni por supuesto los problemas de la gente- es lo único que de verdad les importa.

(Edit. ld.)
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