miércoles, 16 de octubre de 2013

EL SUICIDIO







 (La enfermedad identitaria está llevando a Cataluña al suicidio. Lo que muestra, una vez más, que minorías activas, decididas y agresivas, pueden llegar a dominar a las mayorías silenciosas.

 Una vez en el poder, monopolizan los mecanismos de control de las conciencias- sistema educativo, prensa, radio y televisión- y al cabo de cierto tiempo- pongamos que desde 1978- generaciones de catalanes llegan a creerse las 'verdades oficiales' que todo 'buen catalán' tiene que creer. Por ejemplo: 'Madrit ens roba'. O que la independencia les llevará a la riqueza, la libertad y la felicidad.

Solamente un pueblo largamente manipulado y narcotizado, es capaz de creer estas majaderías. Pues en eso estamos. Esta es la Cataluña actual.

Lo diré una vez más. Con la gravísima responsabilidad del Partido Popular- por cobardía y colaboración- y del PSOE, por colaboración. En realidad, el PSC es un partido catalanista más.)








LA ESCALADA de disparates y falsificaciones de Artur Mas alcanzó ayer un nuevo hito con la presentación por parte de Francesc Homs, consejero de Presidencia, de un imaginario memorial de agravios tras achacar al Gobierno de la nación la voluntad de provocar «el sufrimiento de un país entero».

En palabras del consejero de Mas, las instituciones del Estado llevan muchos años con una actitud de «deslealtad» hacia Cataluña que se traduce en un intento de asfixiarla financieramente. Según el estudio de la Generalitat, el Estado ha contraído una deuda histórica de 9.375,7 millones, cuyo principal apartado son los 5.700 millones que corresponden a la inversión adicional en infraestructuras que el Gobierno debería haber realizado en función del Estatut.


Efectivamente, el Estatut señala que el Estado debe invertir en Cataluña una parte equivalente al peso de su PIB en el conjunto de la nación –un 18%–, pero el Tribunal Constitucional –aunque convalidó ese artículo– precisó que su contenido no podía condicionar «la libertad de las Cortes para decidir la cuantía de las inversiones» ni el Ejecutivo debía garantizar un «trato de privilegio» a nadie.

En realidad, la deuda de la que habla Homs es una ficción creada a partir de una metodología encaminada a dar el resultado que se busca. No hay tal intento de ahogar a Cataluña ni el Estado le debe nada. Si Cataluña adeuda hoy 53.000 millones de euros y tiene serios apuros para mantener el nivel de sus servicios es porque hubo una política de despilfarro de los Gobiernos de Maragall y Montilla. Ahora la Generalitat ya no puede siquiera financiarse porque sus emisiones son bonos basura y nadie las quiere. Por eso, Rajoy ha tenido que prestar a través del FLA más de 9.300 millones este año a Cataluña, cifra que coincide con esa imaginaria deuda histórica.

La deslealtad que Homs reprocha al Gobierno es, en realidad, la propia deslealtad del nacionalismo catalán hacia España y las instituciones del Estado, que nunca han regateado esfuerzos en invertir en Cataluña siempre que ha sido necesario. Ahí están los 12.000 milones que, hasta la fecha, ha inyectado en Catalunya Caixa para salvar sus depósitos.


Las palabras del portavoz de Mas no sólo son una expresión de sectarismo y de manipulación. Son además una ofensa a todos los españoles y a los principios constitucionales de solidaridad y cohesión porque habría que recordarle que los impuestos los pagan los ciudadanos y no los territorios.

Si Artur Mas considerara saldados todos los agravios mediante el pago de esos 9.375,7 millones de deuda histórica, que supone menos de un 1% del PIB, merecería la pena que el Gobierno hiciera el esfuerzo de abonar esa suma. 


Hay además una gran desproporción entre la prosopopeya de la grandiosidad de la afrenta y la minuciosidad en la contabilidad de las ofensas, propia del tendero que no perdona ni un céntimo. Ello revela que estamos ante el enésimo intento de justificar un proyecto secesionista y de enfrentar a los catalanes con el resto de los españoles. En suma, un nuevo paso en esa estrategia de huida hacia adelante que sólo puede acabar en un absoluto fiasco.


 
(E-Pésimo. Auxiliar 1)

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