sábado, 2 de enero de 2010

ZP Y EUROPA.








EUROFOBIA A LA ESPAÑOLA.


Desde el viernes, José Luis Rodríguez Zapatero es el presidente de turno de la UE, aunque su protagonismo se verá mermado de forma casi radical por el presidente permanente, el belga Herman Van Rompuy, al que, además, el jefe del Gobierno español ha dado todas las facilidades para que asuma la máxima relevancia a lo largo de este semestre. La verdad sea dicha: España no es un ejemplo de europeísmo y Rodríguez Zapatero hace bien en camuflarse.

Y no lo es, en dos ámbitos: por un parte, en el político, porque el Gobierno despliega unas medidas económicas alejadas de las más estandarizadas en la Unión; por otra, en el social, porque los españoles, oficialmente tan pro europeos, en realidad desarrollamos una larvada eurofobia que se manifiesta en pasar olímpicamente de la UE, olvidando las ventajas que comporta.

Según las encuestas del CIS, no sólo ha caído en picado el interés informativo sobre la UE (el 58%), sino que ha crecido también la desinformación casi total de los ciudadanos sobre la Unión (el 68%). Asimismo, se ha deteriorado la confianza en las bondades europeas que lo son sólo para el 54% de los consultados por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

El Gobierno de Zapatero se estrenó con el referéndum -el 20 de febrero de 2005- de la llamada “Constitución europea” que cosechó la mayor abstención de la historia democrática española (el 57% del censó no acudió a votar) y luego ha estado en la punta de lanza -siempre verbalmente- de cualquiera de las iniciativas europeístas. Lo cual, al parecer, es compatible con la tasa más alta de parados por falta de reformas laborales (se anuncia una para este mismo mes, así como de las pensiones); con un déficit del 10% que quiebra el pacto de estabilidad sin visos de recuperarlo en muchos años; con casi cuatrocientos expedientes en la Comisaría de la Competencia por supuestas ayudas ilegales del Estado en diversos sectores productivos; con el recelo de la UE a instrumentos económicos tan importantes como el FROB (para recuperar el sector de las Cajas de Ahorro) o el Plan E, que la Unión somete a estrecha vigilancia, y con la mala, fraudulenta o nula transposición de directivas -como la de servicios- que empantanan nuestra economía en la falta de competitividad y productividad.

Transporte, comercio y profesiones

Hemos vistos a los taxistas colapsar Madrid en protesta por la tímida liberalización del transporte de pasajeros y estamos contemplando el pandemonio de leyes autonómicas que se burlan de la directiva de la UE que liberaliza la apertura de las grandes superficies. Cada autonomía -en especial la catalana, la balear y la gallega- están dictando normas supuestamente proteccionistas del pequeño comercio, evitando el criterio liberalizador instruido por la UE. Todavía es casi un misterio cuándo y cómo se liberalizarán las profesiones en España: abogados, procuradores, médicos… sometidos a colegiación obligatoria para el ejercicio de su función. El Congreso ha aprobado las llamadas leyes “paraguas” y “ómnibus”, pero de las 7.000 normas que se ven afectadas por la directiva de servicios de la UE y que deben ser modificadas, sólo el 15% es competencia del Estado. El otro 85% queda en manos de los parlamentos autonómicos, cuyo clientelismo ha quedado suficientemente acreditado.

Si introducimos en la coctelera la política económica del Gobierno, las resistencias a las transposiciones de las directivas de liberalización, la burla de las normas que impiden la irrupción del Estado en sectores económicos, la falta de disposición de las clases profesionales a entender la competencia conforme a pautas del siglo XXI y el desapego ciudadano a lo que es y representa la Unión Europea, se llegará a la conclusión de que, mientras protestamos acerca de nuestro sincero europeísmo, somos uno de los países que más profesa la eurofobia. Y no añado a este fardo la errática política exterior española que poco tiene que ver con la de Francia, Alemania, Italia o Reino Unido.

Corrientes antieuropeas

Ramón Jáuregui, el eurodiputado jefe de los socialistas españoles en Bruselas ha escrito sobre las Corrientes antieuropeas. Consistirían en la resistencia nacionalista a ceder “soberanía y aceptar regulaciones europeas en múltiples materias”, también en intereses financieros no compatibles con regulaciones necesarias, en la disputa sobre la política en los Balcanes, en los criterios enfrentados sobre el agua y la energía y, por fin, en “una corriente euroescéptica, o peor, eurófoba,” que habría anidado en casi cien de los setecientos cincuenta eurodiputados, que militarían “en las peligrosas ideas del ultranacionalismo”. A todo lo cual Jáuregui añade “el euroescepticismo latente de los no votantes (más del 50% en la mayoría de los países de Europa el pasado 7 de Junio)”, es decir, en las últimas elecciones al Parlamento Europeo.

Todo lo que dice nuestro Jáuregui, es de aplicación a España. Con una diferencia: aquí nadie se reconoce ni euroescéptico ni, mucho menos, eurófobo. Pero una cosa son las palabras y otra los hechos y éstos delatan a España como uno de los Estados más descolgados del espíritu y la letra de la Unión Europea. Aquí no hace falta un partido anti europeo porque basta con la práctica generalizada de desentendimiento de los criterios marcados por la UE. Suponer que quienes son responsables de esta increencia europeísta -el Gobierno socialista, en definitiva- van a liderar su recuperación este semestre es, de nuevo, un engaño transmitido a la sociedad española conforme al manual antropológicamente optimista y buenista de nuestro Presidente del Gobierno.

Hay que decirlo con claridad: España tiene en la UE un grave problema de reputación europeísta -en buena parte por la fragmentación autonómica- después de que con el primer Gobierno de Aznar el país hiciese ejemplarmente el esfuerzo de integración en la moneda común con un escrupuloso cumplimiento del Pacto de Estabilidad.

Todo aquello es historia y ahora sólo quedan palabras. Por eso, es mejor que la presidencia de turno española de la UE pase con discreción y sin alharacas y con un serio esfuerzo para volver a reencontrarnos con una Europa sin la que esta recesión económica sería más dramática de lo que ya es, y el horizonte menos nublado de lo podría aparecer de no contar con el asidero de Bruselas, que si incómodo -porque exige flexibilidades a nuestra rigidez socio-económica- es esencial para nuestro futuro. (José Antonio Zarzalejos/ElConfidencial)

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