martes, 7 de octubre de 2008

FEMINISMO






PARA ENTENDER (Y CRITICAR) EL FEMINISMO.
Guillermo Graino.

La opulencia de una sociedad como la nuestra en la que los bienes básicos de la mayoría están más que garantizados ha tenido como consecuencia el que se originase un anacronismo tan grave como curioso: el consistente en entender la historia y sus desigualdades —en particular las existentes entre la condición masculina y femenina—en clave de o “derechos no reconocidos”, en lugar de entenderlo en términos de una lucha mucho más elemental y orgánica por la consolidación social de la existencia tanto frente a la naturaleza como frente a otras sociedades. Es en este contexto —el de una época empeñada en buscar por todas partes reconocimiento, “autoexpresión” y éxito personal— como debe entenderse el feminismo.
Vayamos, primero, al caso más fácil que pueda servir como reducción al absurdo. En las sociedades paleolíticas no existían prácticamente excedentes y la sociedad era absolutamente precaria. En estas circunstancias, la autoexpresión o el deseo de reconocimiento constituían un anhelo absurdo y por tanto inexistente. La mujer cuidaba a los niños mientras el hombre salía cazar —o a labrar, en el caso de neolítico— por la sencilla razón de que no había Estado de Bienestar, no había excedentes ni guarderías, y no se podía pagar una pensión para trabajadoras en excedencia por maternidad. Su pura fisiología determinaba esta básica y muy rudimentaria estructura social. Parece que, entonces, tiene su lógica que, en el origen, la situación social fuese la repartición sexual de labores.
Pues bien, lo importante de este primer argumento es lo siguiente: la desigualdad no es un “robo”, una opresión procedente de un estadio originario ideal, sino que, más bien, debería calificarse como el aprovechamiento de las inercias sociales cuando éstas ya no son necesarias. Es decir, el hombre pudo prolongar una situación de “desigualdad”, pero no se la inventó. ¿Se podría decir que en las sociedades animales, por ejemplo, las leonas están oprimidas por los leones? ¿No es más bien la dinámica biológica que sólo entiende de supervivencia, es decir, de prosecución de vida, y no de reconocimiento, la que impele esa estructuración en términos de optimización de recursos vitales?
Sin embargo, el feminismo es una ideología extremadamente normativa, y la normatividad estricta se lleva muy mal con los hechos. También la ideología radical de la igualdad que domina nuestro tiempo es absolutamente ciega ante la facticidad. La sociedad ha ido reconociendo derechos y posiciones en la medida de su crecimiento, más o menos lentamente de lo que hubiera sido justo, pero en la medida de su crecimiento. Y es que sólo en las sociedades opulentas se ha empezado a hablar del derecho a la inclusión.
Sin embargo, las posiciones que algunos declaran como privilegiadas no siempre se llevaron la mejor parte. Por ejemplo, sin negar el horror de las violaciones, las madres con hijos muertos, etc., el hombre ha sido el que se ha llevado la peor parte en el más horrible y universal fenómeno de la existencia: la guerra. Ya puedo oír la respuesta de algunas feministas diciendo que es que la guerra la hicieron los hombres, a lo que respondería que, con ese argumento, también la filosofía, el arte o la ciencia fueron un producto masculino. En cualquier caso, la peor parte que el hombre tomó en la guerra no fue ni una opresión de la mujer, ni una elección arbitraria. Simplemente, por razones de supervivencia, una vida de mujer es —como reproductora de la especie— infinitamente más valiosa que una de hombre.
Y esta misma razón es la causa de muchas otras diferenciaciones sexuales. De que en el origen de los tiempos, cuando el entorno era extremadamente hostil, las mujeres no participasen en cazas o actividades fuera del núcleo más protegido. De que la poligamia haya sido mucho más frecuente en la historia que la poliandria, pues es mucho más costosa a nivel reproductivo la exclusión de una mujer del círculo reproductivo que la de un varón. De que las labores espirituales y religiosas que requerían castidad y separación de la sociedad civil se reservaran a los hombres.
Por otro lado, estas reparticiones hacen que mujeres y hombres difieren en sus formas más elementales de percepción de las realidades sociales. Por ejemplo, la mujer tiene una tendencia más acentuada a los celos emocionales en pareja, y el hombre a los celos sexuales. Simple adaptación ante el hecho de que la mayor preocupación del varón era la de alimentar crías que no fueran suyas, y la de la mujer era evitar la implicación del varón con otro núcleo familiar que dejase desatendidas sus necesidades. O, por ejemplo, que la mujer es menos promiscua que el varón por la sencilla razón de que debe ser más selectiva, pues su unidad de reproducción es infinitamente más costosa y escasa que la del varón.
En definitiva, la vida es diferencia, y la principal diferencia sexual, a saber, la de que un sexo lleva dentro las crías y el otro no, no pudo ser un rasgo aislado, sino que vino acompañado de infinidad de diferencias en torno a esta elemental realidad. Todo lo cual es ignorado por las ideologías de la igualdad, que pretenden erigir un hombre abstracto inexistente como modelo. Este hombre abstracto que no tiene país, ni sexo, ni orientación sexual, ni religión, es la nada, es el vacío, es el clon de 1984. Pero, paradójicamente, esta ficción de la neutralidad constituye, en realidad, la asimilación de unos rasgos muy definidos como modelo. Así, para que la mujer sea igual al hombre debe ser un hombre, manejar los mismos valores de dominación, competencia, etc.
Por ello, no cabe duda de que el auténtico feminismo es el que permita a las mujeres ser mujeres, es decir, el que no vea en la diferencia un obstáculo para la dignidad. Y esto, a pesar de los parches multiculturalistas y nacionalistas de la izquierda actual, es lo que siempre habían reivindicado los herederos ideológicos de la Revolución francesa. El problema es que la izquierda siempre había luchado no sólo contra la desigualdad, sino también contra la diferencia, pues, según ésta, ambos fenómenos iban unidos. Y la ausencia de diferencia –que no de desigualdad– es la que lleva a la muerte del espíritu y del mundo. A un mundo sin vida en el que los padres se llaman “progenitor A y B”, los plurales se escriben con arrobas, y la palabra “miembra” existe.(El Manifiesto)
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Arnaud Imatz
Perdón, soy hombre.
No tengo ni gusto, ni temperamento para la polémica. Creo que calificar hombres e ideas con estilo agresivo y violento es invitar a sus críticos a pagar con la misma moneda. Pretender hablar de todo como un especialista, zanjar definitivamente los méritos de cada uno, revolcarse en las exageraciones estilísticas, asestar interpretaciones arbitrarias y usar citas fuera de contexto, me horripila desde mis años más juveniles. Como historiador y politólogo recelo de la execración mimética y desprecio las bravuconadas e insultos del sin número de seudo-polemistas. Pero esto dicho, me esfuerzo siempre en celebrar sin reservas el talento de los auténticos polemistas independientemente de lo que son, de dónde vienen y de sus partidos. Son la minoría selecta que constituye la sal de la vida mediática. Son los espíritus libres e independientes, los defensores de la libertad de expresión, el perfecto antídoto al pensamiento único. Y en esta categoría, por cierto desgraciadamente muy escasa, afirmo que ocupa un lugar preferente el periodista francés, Eric Zemmour, cuyo libro Perdón, soy hombre (un best seller con mas de 50.000 ejemplares vendidos en Francia) acaba de ver la luz en la editorial Áltera.
Nacido en una modesta familia "pied-noir", de origen judío-sefardí, formado en el Instituto de Estudios Políticos de París, Zemmour es editor del periódico liberal-conservador Le Figaro (Paris). Personalidad mediática, colaborador asiduo de varios programas televisivos, autor exitoso de ensayos políticos, articulista apreciado, es hombre independiente, incluso iconoclasta y por lo tanto controvertido. La lectura de la versión francesa de su breve libelo (titulado El primer sexo, un guiño al Segundo sexo de la papisa del feminismo, la amante de Sartre, Simone de Beauvoir) fue para mí una revelación: la de un escritor inteligente, culto, brillante, con innegable sentido del humor.
Zemmour merece ser leído. Es autor que no deja insensible: a menudo convence, incita a reflexionar, sabe desencadenar la risa y no teme irritar o exasperar a su lector. Sobra decir que no comparto todos sus criterios, pero me alegro de haber contribuido a encontrarle una editorial en España.
El 68 ha matado al macho
La tesis del escritor galo es sencilla. El llamado "segundo sexo" a venido a ser el primero e incluso el único. El feminismo ha descalificado al "macho". La ideología sesentayochesca ha permitido un nuevo avance de los valores femeninos. La sociedad europea y occidental se afemina a paso acelerado. El homosexual o el “gay” viene a ser el nuevo modelo cuyas imágenes positivas, proyectadas sin tregua en los medios de comunicación, acaban moldeando los espíritus. El hombre moderno se depila, se perfuma, se adorna con afectación, lleva joyas y perendengues y todo esto es muy bueno para el consumo. Hombres o mujeres, todos iguales, somos así excelentes consumidores, celosos partícipes del mercado capitalista. El "macho" tradicional, no el mítico y virtual facha, grosero, agresivo, violento, dominador y violador, sino el hombre que respeta a su madre, protege a su mujer y se siente responsable de sus hijos, está en vías de desaparición. Está muriendo el hombre tradicional dinámico, combativo, aficionado al riesgo, a la acción y a la aventura. En adelante, el hombre moderno deberá cooperar, comunicar y conservar en vez de competir, obrar y transgredir. Elegirá la efímera pareja antes que la familia duradera, el indispensable hogar de los niños.
Una lectura superficial del libro de Zemmour conlleva el riesgo de interpretarlo todo mal. Sería como una fácil y anticuada oda a la virilidad, a los pechos lobos y fornidos. Sería como una especie de vindicación caricaturesca de la sociedad mohosa de antaño, la que permitía engañar a su mujer sin atraerse la menor reprobación. Y desde luego no faltan espíritus totalitarios o paranoicas feministas para estigmatizar la supuesta "invitación a que los hombres se acuesten con todas las mujeres que les gusten", o peor, la "legitimación de la violación escondida bajo la crítica de la domesticación del hombre". Para los autollamados "progresistas antirracistas”, la causa de Zemmour parece vista de antemano: sería un "reaccionario", un hombre sin gusto ni razón, casi un criminal, que merecería el campo de reeducación.
Hombre y mujer
El libro del periodista parisino no está exento de ideas preconcebidas ni de contradicciones. En él se echa de menos algunos finos análisis del Don Juan y el donjuanismo de Marañón, un clásico sin embargo disponible en francés desde 1958. Pero Perdón, soy hombre tiene un enorme mérito: el de plantear las buenas preguntas. ¿Las diferencias de comportamiento entre hombres y mujeres son debidas a las hormonas y a los genes, o son solamente un producto de la cultura? ¿Es o no es la testosterona, hormona del deseo, de la sexualidad y de la agresividad, la que desarrolla en el hombre la fuerza muscular, la velocidad de reacción, el instinto de dominación, la resistencia y la tenacidad, la visión desde lejos, la orientación en el espacio, el gusto para la aventura y la atracción para la mujer que engendra y debe ser protegida? ¿Son o no son los estrógenos que desarrollan en la mujer la destreza, la memoria verbal, la visión desde cerca, el oído y el olfato, la atracción para el hombre poderoso, fuerte, experimentado, socialmente reconocido? He aquí temas complejos con indudables imbricaciones político-sociales.
Hoy por hoy, es evidente que el recurso a la autoridad de la ciencia no permite legitimar ni el igualitarismo entre los hombres y las mujeres, ni la inscripción del poder del hombre en el cerebro. Y tanto mejor, porque no se debe confundir el campo de la ciencia con el de la moral, del derecho y de la política. Pero esto dicho, un punto queda claro: estadísticamente los hombres y las mujeres son diferentes. Se puede ser partidario de lo innato o de lo adquirido, se puede considerar dichas diferencias debidas a distinciones biológicas profundas o al efecto de una educación y socialización en función del sexo; queda sin embargo que, por termino medio, ellas y ellos no tienen las mismas actitudes, ni los mismos gustos, ni las mismas aspiraciones.
Una vez cerrado el valiente y controvertido libro de Zemmour no se puede evitar seguir interrogándose, como el autor, sobre la profunda crisis demográfica de Europa, la afeminación y pérdida de energía de sus pueblos, su sustitución por minorías étnicas inmigradas, indudablemente más viriles, y de soñar en el hipotético despertar de nuevos modelos masculinos. Pero lo más trágico de la historia es que la mujer moderna acaba casi siempre siendo su propia víctima. Se afana en domesticar y afeminar a su pareja conforme a los nuevos cánones de la sociedad moderna. Pero cuando lo consigue y se despierta, rechaza, desprecia, pisotea a su hombre tachándolo de pelele o maricón sin el menor problema. Por fin sola, puede soñar de nuevo en encontrar a un hombre de verdad.
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EL MANIFIESTO DE LAS MEONAS(PD).

¿Qué es Pixing?

Muy a menudo oímos hablar de las grandes expresiones del machismo como las desigualdades laborales, la violencia de género, las discriminaciones abiertas en contra de las mujeres. Muchos grupos feministas trabajan con gran éxito en hacer que estas manifestaciones sexistas sean problematizadas, combatidas y vencidas.

Pixing es una manera de contribuir a la lucha feminista, centrándose en las formas cotidianas de sexismo a las que todas las mujeres somos expuestas día a día.

Hacer pis en la calle, además de estar generalmente desaprobado por las autoridades, quienes penalizan el acto sin dar soluciones, está doblemente prohibido para las mujeres. ¿Por qué los hombres lo hacen tan orgullosamente mientras para nosotras es un símbolo de vergüenza? ¿Qué es lo que tenemos que esconder y de quién?
Consideramos sumamente importante atender a estas formas sutiles de machismo a las cuales somos expuestas cotidianamente y proponemos actuar en consecuencia.

Las medidas adoptadas por el Ajuntament de Barcelona en relación a l’Ordenança del Civisme, además de ser generalmente criticables, contribuyen a estas formas opresivas de la mujer contra las cuales luchamos. La ínfima muestra de lavabos públicos ofrecida por el Ajuntament de Barcelona y su infecto estado sanitario hacen que sea prácticamente imposible su utilización sana y limpia por parte de las mujeres, sin incurrir en el riesgo de contagiarse todo tipo de enfermedades e infecciones.

Pixing es una queja contra las formas sutiles de machismo que llevan a las mujeres a sentirse avergonzadas por actos que los hombres realizan con orgullo. Es una instancia a pensar en la igualdad de género en el día a día, en los pequeños actos de nuestras vidas. Es un grito a la libre acción, sin la opresión de marcos patriarcales que opriman la identidad de las mujeres.

Pixing es una queja contra l' Ordenaça del Civisme, que prohibe "hacer necesidades fisiológicas" en el espacio público, con el supuesto propósito de velar por la salud pública y por el derecho a tener un espacio público limpio y no degradado.

¿Qué ocurre con el derecho a "hacer" nuestras necesidades fisiológicas sin tener que rogarle a un responsable de un bar para que nos preste su espacio privado? ¿Qué ocurre con el derecho a hacer nuestras necesidades fisiológicas en un espacio limpio, en lugar de internarnos en la inmundicia de los poquísimos y remotos lavabos públicos de la ciudad?

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Por lo menos, las feministas meonas tienen razón en una cosa. El Ayuntamiento de Barcelona, y los Ayuntamientos, en general, se comportan de forma despreciativa hacia los ciudadanos, meones y meonas. No hay urinarios públicos decentes. Ni siquiera indecentes. Hasta ahí, todo mi apoyo a las feministas meonas.

En cambio, lo que sorprende es su afirmación de que los hombres meamos con orgullo. ¡Hombre, no había caído! La próxima vez que me apetezca orinar en la calle, la sostendré con la mano izquierda y con la derecha haré el signo de la victoria. Churchill me lo agradecerá desde la tumba. Creo excesivo, al menos de momento, llevar una pancarta en la que se diga: 'Meo con orgullo masculino'. Pero lo pensaré.


Sin embargo, hay ciertos detalles técnicos que deberían ser objeto de reflexión. Por ejemplo, las salpicaduras. Es cierto que con un adecuado control de la mano izquierda se pueden evitar estos molestos efectos dirigiendo con tino el chorrito, pero aconsejo a los hombres meones que lancen sus mangueras en dirección a una pared y no al viento volátil y cambiante. La distancia no puede ser inferior a 25 centímetros para evitar mojaduras indeseadas.Por supuesto, hay que valorar la potencia del chorro.Eso sí, hay que mear, preferentemente, la pared de un banco o caja de ahorros, por eso de la crisis económica.


Para las mujeres es distinto. Agachadas convenientemente (la igualdad no llega a mear cara a la pared, pero algo se hará), las salpicaduras serán menores aunque todo dependerá de la potencia y dirección del surtidor. Es conveniente hacer un suave giro de cadera a la derecha o a la izquierda (si es del pesoe a la izquierda) para evitar mojarse los zapatos. En fin, todo sea por la igualdad progresista. Dicen, aunque no está confirmado, que la Ministra Bibiana está dispuesta a hacer una demostración semipública para evitar salpicaduras. Eso sí, rodeada de mujeres de izquierdas. ¡Todo sea por la igualdad! Y el progreso, se me olvidaba.


Sebastián Urbina.





1 comentario:

Anónimo dijo...

"Pixing es una queja contra las formas sutiles de machismo que llevan a las mujeres a sentirse avergonzadas por actos que los hombres realizan con orgullo. Es una instancia a pensar en la igualdad de género en el día a día, en los pequeños actos de nuestras vidas. Es un grito a la libre acción, sin la opresión de marcos patriarcales que opriman la identidad de las mujeres."

Este párrafo es alucinante...
Claro, ¡si esto es lo que pasa!, que empezamos metiéndonos juntos en las duchas del colegio, y acabamos meando orgullosamente todos en la calle ¡¿Quién dijo pudor?! Algún retrógrado machista, seguro :-P

saludos

PD. Hay especímenes que nunca debieron bajar de los árboles, por muy progres que se crean ¿no le parece?